La crisis del Estado-Nación

octubre de 1996, Jacques Wajnsztejn

Título original; Crise de l’État-Nation

Publicado en : M. Postone, J. Wajnsztejn, B. Schulze, La crisis del Estado-Nación. Antisemitismo-Racismo-Xenofobia, Barcelona, Alikornio ediciones, 2001. ISBN: 84-931625-5-8


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Hoy en día, es real­mente difícil igno­rar el resur­gi­miento de la afir­mación nacio­nal, comu­ni­ta­ria o iden­ti­ta­ria. También resulta difícil enten­der que este resur­gi­miento se pro­duzca en el pre­ciso momento en que la rea­li­dad social llega a la máxima inter­na­cio­na­li­zación, en que parece que los nacio­na­lis­mos políticos pier­den terreno (la Europa del 92) ante la impla­ca­ble abs­tracción de la ame­naza económica mun­dial.

Cuando es más visi­ble que se rea­liza la domi­nación mun­dial del capi­tal, los pro­ble­mas que el sis­tema capi­ta­lista con­si­de­raba resuel­tos (la inte­gración por el tra­bajo, la con­se­cución y for­mación del indi­vi­duo democrático en lugar de las anti­guas clases en el oeste), o apar­ca­dos (por ejem­plo, el pro­blema de las nacio­na­li­da­des sur­gido con el deso­r­den de las dos gue­rras mun­dia­les y que fue cedido a la cus­to­dia de los soviéticos) vuel­ven con un efecto boo­me­rang.

Ante esto no cabe que­jarse invo­cando los ries­gos de la unidad ale­mana o el regreso con fuerza de las ideas de la dere­cha, ni de fro­tarse las manos y de nadar en las cer­te­zas que nos podría pro­vo­car nues­tra «ven­taja teórica» pro­cla­mando por todos lados: «Ya os habíamos dicho que la URSS era un coloso con los pies de barro, que volvería a plan­te­arse la cuestión ale­mana...». Me parece, por el con­tra­rio, que debe­mos replan­te­arnos algu­nas de nues­tras cons­truc­cio­nes teóricas y de manera espe­cial la arti­cu­lación Estado-Nación que hemos aban­do­nado durante bas­tante tiempo en pro­ve­cho de un único análisis y lucha contra el Estado.

Estado y Nación

El Estado es una mediación que repro­duce la relación social. Man­tiene la unidad indi­vi­duo-socie­dad dentro del marco de una estruc­tura específica. Es algo con­creto que actúa incluso si va tomando formas cada vez más abs­trac­tas a medida que su con­trol sobre la socie­dad asume las formas de la moder­ni­dad técnica.

Por el con­tra­rio, la Nación es una repre­sen­tación. Y así, las dis­tin­tas teorías revo­lu­cio­na­rias, la han asi­mi­lado a una ideo­logía, del mismo modo que ha hecho con la religión. No es una casua­li­dad que las dos hayan sufrido la misma suerte: una «superación» en el cielo de las ideas y de la teoría. El pro­blema teórico que plan­tea el con­cepto Nación se ha solu­cio­nado mediante una trampa ter­mi­nológica: «El Estado-Nación» es el con­cepto nuevo que ha ser­vido de puente entre el agente social y la repre­sen­tación abs­tracta. Este plan­tea­m­iento se ha rea­li­zado en el marco de una visión huma­nista-pro­gre­sista del desa­rro­llo de la huma­ni­dad, visión que es a la vez antiim­pe­ria­lista, anti­co­lo­nia­lista y anti­co­mu­ni­ta­rista. Pero este nuevo doble con­cepto no anula el pro­blema ya que la rea­li­dad del Estado-Nación es sólo el pro­ducto histórico de una deter­mi­nada época. De hecho, el Estado es muy ante­rior a la idea de Nación. No es pro­ducto del capi­ta­lismo ya que pode­mos encon­trar ejem­plos en la antigüedad prin­ci­pal­mente bajo la forma de des­po­tismo. Por el con­tra­rio, la Nación es pro­ducto del capi­ta­lismo y de su clase domi­nante, la bur­guesía, que fue la pri­mera en rei­vin­di­car la repre­sen­tación nacio­nal.1 Sin embargo debe exis­tir un lazo ya que sin una Nación, o sea, sin iden­ti­dad colec­tiva fuerte no existe un ver­da­dero Estado moderno, como nos lo demues­tra «a la inversa» el ejem­plo de los países colo­ni­za­dos.

El Estado-Nación

Esta par­ti­cu­lar arti­cu­lación entre Estado y Nación se mani­fiesta cla­ra­mente en el movi­miento del valor y del adve­ni­miento político de la bur­guesía: a la des­trucción de la anti­gua comu­ni­dad que se cimen­taba en la tierra y en los lazos de depen­den­cia per­so­na­les, corres­ponde, en el terreno de la evo­lución de las ideas, la teo­ri­zación de un nuevo lazo social más adap­tado al nivel de abs­tracción de la nueva relación social que se ins­tala. El con­trato social garan­tiza una espe­cie de dere­cho social que se basa en la igual­dad dentro de la comu­ni­dad nacio­nal. Así pues, la Nación es la repre­sen­tación de la nueva comu­ni­dad, o sea de la socie­dad de clases. Más allá de los con­flic­tos y de los pactos entre las clases que se diri­men a nivel del Estado, la Nación repre­senta lo que une. Fue la Revo­lución fran­cesa de 1789 quien mejor llevó a cabo esta amal­gama Estado-Nación. ¡Pero esto no fue fácil! Hizo falta que la repre­sen­tación bur­guesa de la Nación bus­cara sus raíces en la anti­gua repre­sen­tación pre­ca­pi­ta­lista del clan y de la comu­ni­dad terri­to­rial, de lo que toca al corazón. La anti­gua con­cepción de patria (Grecia y Roma) con­firió al mismo tiempo una base con­creta a la Nación (el com­pa­triota es el prójimo) y una mística reli­giosa ale­jada de la fría repre­sen­tación que es la Nación.

Este patrio­tismo revo­lu­cio­na­rio per­mitió cana­li­zar la vio­len­cia latente de los «sans culottes», de uti­li­zarla en defensa de la patria ante un hipotético peli­gro. Esta misma idea se retomó más ade­lante, ya que la guerra de 1914-1918 per­mitió la inte­gración de la clase obrera fran­cesa dentro de la comu­ni­dad nacio­nal en la lucha contra la «bar­ba­rie ale­mana». Esta inte­gración social será también inte­gración política con la par­ti­ci­pación en la resis­ten­cia y en la política de unión nacio­nal del Par­tido Comu­nista, de 1944 a 1947.

Esta par­ti­cu­lar con­cepción de la Nación fran­cesa se explica a la vez por su carácter burgués y por su carácter revo­lu­cio­na­rio:

- Por su carácter burgués que la hace más moderna que la con­cepción ale­mana de Nación a la que muy a menudo se ha com­pa­rado y opuesto. En la con­cepción ale­mana, que man­tiene impor­tan­tes ele­men­tos pre­bur­gue­ses, la Nación no se des­pega todavía de la anti­gua comu­ni­dad y continúa con­si­de­rando al indi­vi­duo como ine­xis­tente si no forma parte de la colec­ti­vi­dad. Por el con­tra­rio, en Fran­cia es la aso­ciación de indi­vi­duos (Cf. Sieyès), lo que sig­ni­fica que el indi­vi­duo se ha sepa­rado ya de la anti­gua comu­ni­dad, él es «libre» y se asocia libre­mente a la nueva comu­ni­dad nacio­nal.

- Por su carácter revo­lu­cio­na­rio que hizo avan­zar en algu­nos aspec­tos ideas que iban más allá de la revo­lución bur­guesa, más allá de las clases: «La aso­ciación libre de los indi­vi­duos», la lucha por la eman­ci­pación de las razas, de los judíos, etc. Debido a esto, como en cual­quier gran revo­lución, contó con el apoyo y la par­ti­ci­pación entu­siasta de revo­lu­cio­na­rios de todos los países quie­nes, como Ana­char­sis Cloots, veían en la Nación fran­cesa la mayor apro­xi­mación empírica de la huma­ni­dad que se haya cono­cido. Desde esta óptica, las nacio­nes sólo repre­sen­tan frag­men­tos de la huma­ni­dad.

Fue este modelo revo­lu­cio­na­rio francés de la Nación que Marx no entendió debido a la situación de exclusión que sufría la clase obrera de la época. El inter­na­cio­na­lismo pro­le­ta­rio que se des­prendía parecía algo natu­ral. Por lo demás las pos­tu­ras de Marx res­pecto a la Nación eran exclu­si­va­mente tácticas y esta­ban subor­di­na­das a los inte­re­ses de clase (apoyo a los nor­dis­tas durante la Guerra de Secesión, apoyo a Bis­marck en la pri­mera guerra franco-ale­mana para refor­zar la posición del pro­le­ta­riado alemán, etc.). Para Marx lo que real­mente era revo­lu­cio­na­rio, no era la lucha por los nacio­na­lis­mos, sino el mismo movi­miento del valor, el uni­ver­sa­lismo del capi­tal que debía borrar las fron­te­ras.

Disociación de la unidad Estado-Nación

Con la extensión y el domi­nio que ejerce la relación social capi­ta­lista sobre la tota­li­dad de la socie­dad en los países indus­tria­li­za­dos, el Estado moderno parece haber puesto en su lugar a la Nación... y a la bur­guesía ya que hemos comen­tado que la Nación, al con­tra­rio del Estado y la Patria, es un con­cepto que per­te­nece a esta clase. A partir del fin de la Segunda Guerra Mun­dial, «Las Gran­des Poten­cias» (¡ya no se las llama ni Nación ni Estado!) se apli­can a la tarea de los recor­tes políticos: bal­ca­ni­zación de los países del este, limi­ta­cio­nes arbi­tra­rias a la inde­pen­den­cia afri­cana, cons­ti­tución de los «blo­ques». El período de los «Treinta Famo­sos», es el que ve desa­rro­llarse, a nivel económico, las gran­des compañías mul­ti­na­cio­na­les. El neo­co­lo­nia­lismo surge casi direc­ta­mente del colo­nia­lismo. La crisis de repro­ducción de la repro­ducción de la relación social capi­ta­lista hace que este doble orden mun­dial apa­rezca actual­mente como pro­blemático.

Cuando se pro­duce una crisis en las media­cio­nes socia­li­za­do­ras (Estado, clases, tra­bajo...) y en las repre­sen­ta­cio­nes (valo­res liga­dos al tra­bajo, comu­nismo, utopía...) rea­pa­rece la cuestión de la per­te­nen­cia a través de la refe­ren­cia colec­tiva a las comu­ni­da­des de origen y a la búsqueda iden­ti­ta­ria de los indi­vi­duos2.

Pero esta vuelta al sen­ti­miento comu­ni­ta­rio no se rea­liza en base a una idea de una comu­ni­dad total de los hom­bres, o sea de un «estar juntos» por parte de los indi­vi­duos sin­gu­la­res. Se trata siem­pre de una comu­ni­dad res­trin­gida: reli­giosa, étnica, nacio­nal o regio­nal. No sobre­pasa el ámbito de lo par­ti­cu­lar.

La Nación contra el Estado. El ejemplo de Francia

Parece que la cuestión de la per­te­nen­cia se halla ligada a la anti­gua situación de clase de los indi­vi­duos. De esta manera, para lo que algu­nas veces se deno­mina «anti­guas clases medias» o, de manera más tra­di­cio­nal, la «pequeña bur­guesía», el Estado no ejerce su mediación socia­li­za­dora. De factor de orden, de garante de la pro­pie­dad, se con­vierte en Estado burócrata, que ahoga la pequeña ini­cia­tiva pri­vada. La refe­ren­cia a la comu­ni­dad nacio­nal apa­rece enton­ces como garantía de super­vi­ven­cia3.

Pero esta iden­ti­dad nacio­nal tiene un carácter más espi­ri­tual o cul­tu­ral que nacio­na­lista, al revés de lo que acon­tecía en otras épocas (entre las dos gue­rras, por ejem­plo). Esa iden­ti­dad pro­duce el vínculo entre el indi­vi­duo pro­le­ta­ri­zado y la socie­dad y son los peor repro­du­ci­dos por la socie­dad quie­nes hacen refe­ren­cia a una comu­ni­dad en la que los inmi­gran­tes, ina­dap­ta­dos y enfer­mos serían exclui­dos. El hecho que esta comu­ni­dad sea mítica, ya que no halla­mos trazos de ella por nin­guna parte, roída por la economía, des­pla­zada por la moder­ni­dad técnica no tiene nin­guna impor­tan­cia ya que la refe­ren­cia no se guía por nin­guna lógica política.

El éxito del fenómeno Le Pen nos lo demues­tra cada vez más. Al prin­ci­pio se sitúa sólo a la cabeza de un movi­miento de la dere­cha radi­cal -en el que pode­mos encon­trar bas­tan­tes coin­ci­den­cias con el RPF gau­llista (Ras­sem­ble­ment pour la France) de después de la guerra- y el éxito del FN res­pecto al anti­guo PFN (Parti des Forces Nou­ve­lles) se debe prin­ci­pal­mente al talante demagógico de su jefe. Pero poco a poco los argu­men­tos políticos tra­di­cio­na­les de la extrema dere­cha (Fran­cia colo­ni­zada por las poten­cias extran­je­ras) pier­den su impor­tan­cia en favor de argu­men­tos mora­les (papel pri­mor­dial de la fami­lia, con­dena del sexo a través del Sida, etc.) o de argu­men­tos racia­les (después del flujo de inmi­gración, la ame­naza de los judíos que domi­nan los media). De igual manera y, de forma natu­ral, podría decirse, un par­tido que en sus orígenes era indi­fe­rente o incluso hostil a la religión, se fusiona con los ambien­tes inte­gris­tas católicos. Le Pen se centra en lo que afecta a la gente sen­ci­lla sin cuidar dema­siado una imagen de marca política que sabe puede cam­biar en cual­quier momento mediante sus artes de tri­buno. Es un per­fecto popu­lista ya que se dirige direc­ta­mente al pueblo y se pre­senta él mismo como hijo de este pueblo. Quiere repre­sen­tar al «país real» contra el «país legal» poniéndose de esta manera en el bol­si­llo a los que se sien­ten exclui­dos.

Las «nuevas clases medias»4 como las llaman gene­ral­mente los sociólogos, buscan por su lado, una com­pen­sación a la debi­li­dad de su iden­ti­dad de clase; debi­li­dad que no pro­viene, como sucede con las otras clases (las anti­guas clases medias, la clase obrera) de la des­trucción de la anti­gua iden­ti­dad debido a los cam­bios de la relación social, sino porque la ha pro­du­cido el mismo capi­tal en su propio desa­rro­llo. Es la clase de la época de la impo­si­bi­li­dad de las clases.

Los indi­vi­duos que per­te­ne­cen a ella creen hallar una cierta com­pen­sación mediante un vínculo directo con el Estado, pero de un Estado que ya no es el Estado de clases, que tam­poco es el Estado de la bur­guesía,5 sino más bien la mediación que repro­duce el con­junto de la relación social. Si para ellos existe la iden­ti­fi­cación, es de iden­ti­dad democrática que repre­senta la forma moder­nista del uni­ver­sa­lismo: el Estado no se con­tra­pone a la Nación, sino más bien a la demo­cra­cia y a los dere­chos huma­nos. Esto se ha visto ilus­trado per­fec­ta­mente durante las cele­bra­cio­nes del segundo cen­te­na­rio de la Revo­lución Fran­cesa. La abun­dan­cia de cele­bra­cio­nes no se centró en la idea de Nación, de una Nación uni­ver­sal, sino más bien en la idea de demo­cra­cia6 que tiene la virtud de sig­ni­fi­car a la vez unidad y uni­ver­sa­li­dad, y per­mite un bloque de con­senso. Ya no es la Nación la que legi­tima al Estado sino más bien el hecho de ser o no democrático. A lo sumo, la Nación no es otra cosa que el lugar geográfico donde se ejerce el con­senso y la Nación puede desa­pa­re­cer frente al país.

Así, pues, tene­mos por un lado vin­cu­lación nacio­nal y, por otro, vin­cu­lación con el Estado, pero todavía existe una ter­cera vía que la des­com­po­sición de la clase obrera ha hecho posi­ble y que con­siste en un doble vínculo: a la comu­ni­dad nacio­nal y al Estado. Esta rea­li­dad se tra­duce política­mente en la ambi­gua osci­lación del voto P.C. y del voto Le Pen. Obre­ros cuyo esta­tus es cada vez más pre­ca­rio debido a la rees­truc­tu­ración de las Empre­sas, a los que se cues­tiona cada vez más la uti­li­dad de su tra­bajo, se diri­gen direc­ta­mente a quien les parece ser al mismo tiempo el repre­sen­tante del capi­tal global y de la comu­ni­dad nacio­nal, o sea del Estado; la ambigüedad la encon­tra­mos aquí: todavía existe el viejo deseo de encon­trar la armonía de la comu­ni­dad del tra­bajo en el marco ilu­so­rio de un Estado ideal que repre­sente a toda la comu­ni­dad nacio­nal.

El movi­miento de diso­ciación de la unidad Estado-Nación es muy con­tra­dic­to­rio en Fran­cia, y corres­ponde a su espe­ci­fi­ci­dad y a la fuerza ori­gi­nal que hemos puesto en evi­den­cia en la pri­mera parte de este ensayo. Esto viene con­fir­mado por los hechos acae­ci­dos durante estos últimos años que hacen refe­ren­cia a la inmi­gración, la lai­ci­dad y a la inte­gración. ¡Hay que subra­yar que Fran­cia es el único país en el que el «pro­blema» de la inmi­gración se plan­tea en términos de inte­gración! Esta inte­gración era evi­dente mien­tras se apo­yaba en el cuadro ideológico y político en la unidad Estado-Nación («Fran­cia tierra de asilo», «Fran­cia, país de los dere­chos del hombre») y que corres­pondía en el terreno económico a la uti­li­zación con­ti­nua de una fuerza de tra­bajo inmi­grada cuya inte­gración mediante el tra­bajo se suponía per­mi­tiría el ale­ja­miento pro­gre­sivo de la comu­ni­dad de origen. Esto no sig­ni­fica que antes no exis­tiera racismo, que sí lo había, pero era de tipo pater­na­lista, colo­nial. Se hacía burla del viejo árabe con chi­laba, de los pies y manos de las muje­res colo­rea­dos con henna, etc., pero esto per­te­necía al fol­klore. Lo esen­cial se hallaba en otra parte, en la explo­tación de la fuerza de tra­bajo. Sen­ci­lla­mente se les con­si­de­raba sólo como tra­ba­ja­do­res.

La afluen­cia masiva de tra­ba­ja­do­res inmi­gra­dos durante los años 60, la política de rea­gru­pación fami­liar, el urba­nismo que ha desa­rro­llado ghet­tos «a la fran­cesa», con­tri­buyó a modi­fi­car el racismo pater­na­lista y originó los pri­me­ros cho­ques entre comu­ni­dad obrera en desin­te­gración y comu­ni­dad inmi­grada en reforma en el marco ghetto de las ZUP Pero mien­tras este movi­miento era una forma de gestión y de división de la fuerza de tra­bajo, la con­tra­dicción no era des­ca­rada y se hallaba dentro de los límites del cuadro defi­nido por el Estado-Nación. Sólo se pondrá en evi­den­cia cuando la fuerza de tra­bajo no cua­li­fi­cado sea inútil o poco impor­tante y en la que se mez­clan una situación de des­pido del tra­bajo de los padres y exclusión del mismo de los hijos. Se cues­tio­nará la indi­vi­dua­li­zación por y en la socie­dad del capi­tal (como tra­ba­ja­dor, usua­rio, con­su­mi­dor) y cederá el paso a la revuelta deses­pe­rada o a la sumisión. A manera de ejem­plo tene­mos los «rodeos» de los Min­guet­tes en Vénis­seux en 1981, los enfren­ta­mien­tos con la policía y la «recu­pe­ración» de obje­tos de con­sumo, como en Vaulx-en-Velin a prin­ci­pios de octu­bre de 1990; y también, de forma más pro­funda e insi­diosa, la rea­fir­mación de la comu­ni­dad bajo su forma reli­giosa (desa­rro­llo del inte­grismo musulmán). No existe incom­pa­ti­bi­li­dad entre estas dos acti­tu­des que se pueden dar en un mismo indi­vi­duo en dos momen­tos dis­tin­tos7. Esta afir­mación comu­ni­ta­ria se enfrenta a la vez a la comu­ni­dad nacio­nal mítica (el racismo pater­na­lista que en la fase pre­ce­dente había evo­lu­cio­nado hacia un racismo de guante blanco se con­vierte aquí en un racismo de rechazo y de odio) y a la unidad también mítica de un Estado-Nación deca­dente, un Estado que no ha sido capaz de impo­ner la lai­ci­dad en el marco del debate sobre la escuela libre mien­tras se dejaba obse­sio­nar por «la cuestión del velo islámico». Es difícil querer impo­ner los valo­res pro­pios (repu­bli­cana, laica e igua­li­ta­ria) bajo el pre­texto de la inte­gración cuando lo que sub­yace en esos valo­res es pre­ci­sa­mente lo que causa la exclusión.

Racismo y comunidad nacional

Esta cuestión casi nunca se aborda desde el punto de vista de los indi­vi­duos sino sola­mente a nivel de prin­ci­pios. Pero estos no tienen en cuenta la raíz social de los indi­vi­duos y de la relación indi­vi­duo-comu­ni­dad. No se puede defi­nir única­mente al racista en función de estos prin­ci­pios; así si durante mucho tiempo se ha defi­nido al racista como el que exhibía antes que nada las dife­ren­cias para ins­cri­bir­las en una jerarquía de nive­les de huma­ni­dad (bárbaros, subh­u­ma­nos, infe­rio­res), esto es actual­mente más difícil, ya que el racismo actual si continúa mar­cando dife­ren­cias, es para hacer­les la apología o por lo menos para reco­no­cer, detrás de éstas, la parte de huma­ni­dad que todas poseen8. Pero para que estas dife­ren­cias puedan con­ti­nuar expre­sando la uni­ver­sa­li­dad del hombre a través de su diver­si­dad no deben mez­clarse los valo­res que les son pro­pios, ya que esto pro­du­ciría una falsa uni­ver­sa­li­dad que no sería otra cosa que una uni­for­mi­zación en el marco de la sumisión a los valo­res de la socie­dad ame­ri­cana.

Este nuevo racismo encuen­tra su sin­gu­la­ri­dad en el hecho de que no hace refe­ren­cia a un indi­vi­duo superior: el hombre blanco o el Ario, sino que se rela­ciona con la comu­ni­dad nacio­nal. El racista actual es un indi­vi­duo moderno que sacri­fica la moder­ni­dad; es demócrata: las cos­tum­bres y com­por­ta­mien­tos de las dis­tin­tas comu­ni­da­des poseen todos valo­res pero deben mani­fes­tarse en el terri­to­rio donde se desa­rro­lla­ron, es ahí donde hallan su sig­ni­fi­cado; esto es lo que cons­ti­tuye la riqueza de la huma­ni­dad: también es un con­su­mi­dor: como turista, irá a Túnez o a Turquía, allí se pueden encon­trar todavía dife­ren­cias, un atrac­tivo exo­tismo.

Así pues, el racista moderno se halla lejos de pre­sen­tarse bajo la única forma de la bestia con faz de toro del joven skin o del buey rapado. Esto es lo que no entiende el anti­rra­cista que, al man­te­nerse en el nivel de los prin­ci­pios se encuen­tra enfrente con alguien que también tiene una parte de huma­nismo9 y jura por lo que más quiere que lo hace de buena fe. Así que ya no existe el racismo sino más bien una xeno­fo­bia más o menos radi­cal. El ene­migo exte­rior que campa a sus anchas por el país es el inmi­grante. Lo pode­mos cons­ta­tar en las tomas de posición de Le Pen durante el con­flicto del Golfo. Gra­cias a la ori­gi­na­li­dad de su pos­tura res­pecto al con­senso político, pudo clamar alto y fuerte incluso contra algu­nos antiárabes de su par­tido, que él no es ni racista ni de nin­guna manera antiárabe, aunque esto con­lle­vara una cierta deso­rien­tación en su clien­tela habi­tual o poten­cial. Puede incluso, labo­rio­sa­mente, inten­tar expli­car porqué es pre­fe­ri­ble apoyar el desa­rro­llo de un nacio­na­lismo árabe que sea el prin­ci­pal muro de Occi­dente frente al inte­grismo musulmán y al mismo tiempo la única opor­tu­ni­dad que poseen estos países de gene­rar un desa­rro­llo económico mínimo que, a la larga, evitará que Fran­cia y «los Países del Norte» se vean inva­di­dos por la inmi­gración de los «Países del Sur». Vol­ve­mos al punto esen­cial, la inmi­gración, y al peli­gro que sig­ni­fica que el ene­migo exte­rior se trans­forme en ene­migo inte­rior, que desa­pa­rezca el rasgo de «exte­rio­ri­dad». En esto con­siste la lucha del famoso código de nacio­na­li­dad. Los últimos acon­te­ci­mien­tos de Vaulx-en-Velin pare­cen dar razo­nes al Frente Nacio­nal10. ¡Toma cuerpo el fan­tasma de la liba­ni­zación de los barrios!

El individuo racista

Lejos de las decla­ra­cio­nes de racismo y de anti­rra­cismo, el indi­vi­duo racista es el que vive y per­cibe su situación coti­diana de la manera más inme­diata. Es el que se encuen­tra des­pla­zado por la socie­dad o el que se halla en pro­ceso de verse mar­gi­nado de lo que hasta enton­ces había per­ci­bido como su comu­ni­dad. Por el con­tra­rio, su víctima es la que parece poseer todavía valo­res, poseer raíces; un ele­mento capaz de ser iden­ti­fi­cado con una raza. Es un racismo de pro­xi­mi­dad que se expresa en los mismos espa­cios de la des­com­po­sición social (barrios mar­gi­na­les, ghet­tos, etc.) sin lugar para la reflexión, es el racismo de los inso­por­ta­bles, el racismo de los mar­gi­na­les. No se orga­niza sino que más bien obe­dece al impulso, a la «caza».

Cuando este racismo de los hechos se tra­duce en teoría se debe a la nece­si­dad de inter­pre­tar el papel de lo con­creto contra lo abs­tracto, ya sea para refe­rirse de manera posi­tiva como en la exal­tación de lo con­creto nacio­nal11 que repre­sen­tará la Nación, en la apología del tra­bajo pro­duc­tivo (que se opondrá al «cos­mo­po­li­tismo y al dinero judío»), ya sea para con­ver­tirlo en un cri­te­rio de rechazo res­pecto a la comu­ni­dad orgánica, cuando el con­creto de refe­ren­cia es psicológico o biológico: enton­ces marca las dife­ren­cias (de color o de religión) que le pare­cen más impor­tan­tes que la idea abs­tracta de los dere­chos del hombre, que se cree pondría en evi­den­cia lo que cons­ti­tuiría la unidad de la huma­ni­dad.12

Antisemitismo...

El anti­se­mi­tismo ha reves­tido dife­ren­tes formas históricas. La pri­mera, la del anti­judaísmo cris­tiano, ha desa­pa­re­cido prácti­ca­mente en la actua­li­dad excepto en algu­nos círculos res­trin­gi­dos del inte­grismo católico. Le sucedió histórica­mente, durante el siglo XIX, un anti­se­mi­tismo nacio­nal teo­ri­zado por Dru­mont y Mau­rras, cuya máxima expresión fue el «affaire» Drey­fus. El judío siem­pre es visto como el Mal pero, y esto es nuevo, es a la vez fer­mento de corrupción y desin­te­gración del cuerpo social de la Nación. Este anti­se­mi­tismo nacio­nal es también un anti­se­mi­tismo social en la medida que se con­vierte en la expresión de clases en des­com­po­sición o en mutación, durante un período de mutación del modo de pro­ducción capi­ta­lista: segunda revo­lución indus­trial, éxodo rural, tay­lo­rismo, for­dismo. Es el pro­ducto de los cam­pe­si­nos desa­rrai­ga­dos, de comer­cian­tes y pro­pie­ta­rios arrui­na­dos por la guerra o por la inflación, de obre­ros en situación sub­pro­le­ta­ria. Esta forma de anti­se­mi­tismo es la que domi­naba en Europa a fina­les del siglo XIX y hasta los años 20. El judío es al mismo tiempo el dinero, el cos­mo­po­li­tismo, el extran­jero. Sobre él caerán las iras popu­lis­tas anti­ca­pi­ta­lis­tas y el odio de la dere­cha nacio­nal.

Pero poco a poco las bases socia­les y nacio­na­les del anti­se­mi­tismo pier­den su fuerza. Las fun­cio­nes específicas de los judíos desa­pa­re­cen. Cada vez más judíos fran­ce­ses se inte­gran en pro­fe­sio­nes libe­ra­les o inte­lec­tua­les. Una nume­rosa inmi­gración pro­ce­dente de Polo­nia se ins­tala como puede en el esca­lafón más bajo de la escala social. Se rompe la unidad de la comu­ni­dad entre los judíos nacio­na­les ricos que se indi­vi­dua­li­zan y se asi­mi­lan y los judíos inmi­gran­tes más pobres cuyo esta­tuto es muy pare­cido al del apátrida. El mismo fenómeno sucede en Ale­ma­nia, donde existe una «clase inte­lec­tual» y una cul­tura ger­mano-judía. De lo que se des­prende una diso­lución de la imagen del judío. Per­te­nece a la par­ti­cu­la­ri­dad del anti­se­mi­tismo nazi el haber añadido a la base social y nacio­nal débiles del anti­se­mi­tismo un anti­se­mi­tismo biológico que volverá a mos­trar de manera clara la imagen del judío. El poder de la comu­ni­dad judía había hecho olvi­dar que el judío es el que se infil­tra (de ahí que la dere­cha asocie fre­cuen­te­mente judíos y franc­ma­so­nes).13 Hay que des­ve­larlo y señalarlo. La teoría de las razas apor­tará jus­ti­fi­ca­cio­nes... y «solu­cio­nes» al anti­se­mi­tismo. Así pues, lo que dis­tin­gue al anti­se­mi­tismo de las otras formas de racismo es el objeto del racismo: el judío nunca fue real­mente el «infe­rior», al con­tra­rio de lo que ocurre con el colo­ni­zado. El judío posee sus valo­res, su cul­tura y no se le niega el dere­cho a mez­clarse con los demás, al menos como indi­vi­duo: al judío rico y dis­tin­guido, y también al inte­lec­tual bri­llante se le invita a los salo­nes de moda de la bur­guesía. Con el nacio­nal-socia­lismo, el judío, «inútil» y «peli­groso», va a ser degra­dado en nombre de la pureza de la raza, reba­jado al rango de «Unter­mensch» (subh­om­bre). El anti­se­mi­tismo biológico podrá de esta manera jus­ti­fi­car y des­cul­pa­bi­li­zar al anti­se­mi­tismo social latente que trans­pira siem­pre de las rela­cio­nes comer­cia­les. Una vez admi­tido esto, se pueden rea­li­zar todos los exce­sos, ya sean los de los anti­se­mi­tas, que podrán por fin ejer­cer impu­ne­mente su cobardía (los Judíos son subh­om­bres), o los de un Estado que se pre­sen­tará como el brazo armado de la puri­fi­cación aria y nacio­nal.

Después de la Segunda Guerra Mun­dial, el anti­se­mi­tismo retro­cedió o por lo menos desa­pa­reció del primer plano de la escena, excepto en los países euro­peos del bloque soviético. Este hecho no se debe exclu­si­va­mente al sen­ti­miento de culpa que siguió a la depor­tación y al exter­mino de los judíos sino a que los judíos ya no ocu­pa­ban una posición impor­tante en la socie­dad; desa­pa­re­cie­ron las bases para un anti­se­mi­tismo social: el sis­tema capi­ta­lista que, a partir de ahora pres­cin­dirá incluso del burgués, tiene cada vez menos nece­si­dad de un inter­me­dia­rio, de un agente de trans­misión del valor. El dinero cir­cula libre­mente, de manera abs­tracta y anónima. El judío ya no puede ser una repre­sen­tación de la con­cien­cia popu­lar (las «dos­cien­tas fami­lias» y no más); las bases del anti­se­mi­tismo nacio­nal también: el judío ya no pre­senta la imagen de una comu­ni­dad en el sen­tido fuerte, comu­ni­dad, que, todo hay que decirlo, no se hallaba repre­sen­tada por ningún Estado-Nación antes de la creación del Estado de Israel. Esto tam­poco existe: el movi­miento sio­nista se con­virtió en un movi­miento nacio­na­lista, y el naci­miento y las difi­cul­ta­des de super­vi­ven­cia del Estado de Israel pro­vo­ca­ron una iden­ti­fi­cación de los judíos con su «Estado» incluso en la diáspora, donde la iden­ti­fi­cación parece más con­tra­dic­to­ria14.

Todo esto no quiere decir que ya no exista base alguna para el anti­se­mi­tismo, sino que su desa­rro­llo es dis­tinto a partir de las situa­cio­nes que han cam­biado. Las formas actua­les para su reac­ti­vación son prin­ci­pal­mente políticas, aunque poda­mos encon­trar detrás otras causas: una pro­viene de la situación inter­na­cio­nal y del lugar que ocupa el Estado de Israel en el marco de los con­flic­tos del Medio Oriente, de su rol en el pro­blema pales­tino. El anti­sio­nismo que halla­mos en Fran­cia y en Ale­ma­nia, por ejem­plo, se debe más a un odio hacia el Estado de Israel, para­lelo al odio hacia los Esta­dos Unidos, que a un ver­da­dero anti­se­mi­tismo. Sólo afecta a una pequeña parte de la población15 ya que de manera global la población de los países indus­tria­li­za­dos es prois­raelí por ara­bo­fo­bia y antiis­la­mismo. Otra forma política de reac­ti­vación del anti­se­mi­tismo se expresa en los análisis que insis­ten en que, si los judíos han per­dido su poder económico en la época del gran capi­tal y de las mul­ti­na­cio­na­les, de hecho no han per­dido el poder que se halla en la actua­li­dad en el corazón de las socie­da­des moder­nas, o sea, en los media. Por esto se dan los cons­tan­tes ata­ques del Frente Nacio­nal contra la prensa y los inte­lec­tua­les anti­fran­ce­ses. La asi­mi­lación dinero-judío cede el sitio a la asi­mi­lación inte­lec­tual-judío. Pero este anti­se­mi­tismo fun­ciona mal. De entrada, la pos­tura política del FN no se halla exenta de con­tra­dic­cio­nes; una parte del FN es cla­ra­mente prois­raelí por ara­bo­fo­bia y su racismo coti­diano, ligado prin­ci­pal­mente a la guerra de Arge­lia, no deja mucho lugar al anti­se­mi­tismo; la otra fracción del FN es más cer­cana a las pos­tu­ras de pequeños grupos fas­cis­tas anti­se­mi­tas y pro­pa­les­ti­nos, pro­na­cio­na­lis­tas árabes, o grupos inte­gris­tas católicos que nunca renun­cia­ron al anti­judaísmo pri­mi­tivo.

Le Pen oscila entre estas dos pos­tu­ras y últi­ma­mente, durante el con­flicto del Golfo se alineó con el nacio­na­lismo árabe, fun­da­men­tal­mente porque veía en él una barrera frente al inte­grismo musulmán, lo que con­llevó una mayor dis­tan­cia con res­pecto a Israel. Otra difi­cul­tad que existe para que se extienda este nuevo anti­se­mi­tismo lo cons­ti­tuye la asi­mi­lación casi per­fecta de los judíos a la socie­dad fran­cesa. Al judío no lo «dis­tin­guen las amplias masas». Es nece­sa­rio, pues que el FN le señale con el dedo, lo que ya lleva haciendo el sema­na­rio Minute desde hace veinte años: acosa a los ape­lli­dos cam­bia­dos o ras­trea los orígenes.

El ima­gi­na­rio del com­plot y de la socie­dad secreta deben reac­ti­varse en gran manera ya que la poten­cial clien­tela del dis­curso anti­se­mita, o sea los indi­vi­duos no asi­mi­la­dos por su clase en crisis y por el Estado del capi­tal moderno, no ve en la comu­ni­dad judía, que ha per­dido una gran parte de sus carac­terísticas, un obstáculo para la for­mación de su propia comu­ni­dad.

Aquí se halla, aunque apa­rez­can cier­tos pare­ci­dos, la gran dife­ren­cia con los años 20 y 30. Ya no se dis­tin­gue a los judíos como comu­ni­dad16 y, como el par­ti­cu­la­rismo biológico no era otra cosa que un bluf científico inven­tado por los nazis, el ima­gi­na­rio anti­se­mita se queda sin base real.

Por todas estas razo­nes el anti­se­mi­tismo no deja de ser sino un ele­mento secun­da­rio dentro de la pro­blemática nacio­nal. Más grave es que el plan­tea­m­iento sistemático del anti­se­mi­tismo sea a menudo obra de los «anti­rra­cis­tas» políticos de todas las obe­dien­cias que inten­tan con ello camu­flar, mediante el horror que pro­voca el anti­se­mi­tismo, el con­senso sobre la inmi­gración.

Contra el estado y la nación

La rela­tiva debi­li­dad del Estado nos ofrece dudas sobre su capa­ci­dad para repro­du­cir el con­junto de la relación social. Sin darse cuenta que por ello mismo niega su uti­li­dad, anun­cia que pronto ya no se podrán pagar las pen­sio­nes de jubi­lación, que no se podrá aten­der a los enfer­mos, que no se podrá garan­ti­zar la «segu­ri­dad de los bienes y de las per­so­nas», pero que mien­tras tanto todavía debe­mos creer en el Estado. Éste busca, enton­ces, el recuerdo de todo lo que puede servir para jus­ti­fi­carse y, con un gran esfuerzo, pro­clama la con­ver­gen­cia del feti­chismo de la economía y del sen­ti­miento nacio­nal. Siem­pre se pone sobre la mesa el fra­caso de la economía nacio­nal y, si hay que sacri­fi­car una empresa nacio­nal o un sector de acti­vi­dad, siem­pre es para salvar al con­junto, y tanto peor si, en un momento dado, uno se da cuenta de que el con­junto está vacío17.

Sola­mente la debi­li­dad pre­sente en cuanto a las alter­na­ti­vas al Estado y a la Nación pro­duce y explica la aglo­me­ración de opi­nio­nes y de com­por­ta­mien­tos, más pasi­vos que acti­vos, que con­fi­gu­ran el con­senso con el que se nos ali­menta.


Notas

1 - Durante la época feudal, o en los anti­guos gobier­nos monárqui­cos, no existe la idea de Nación. Importa poco sobre quien se reina, no importa el origen de los suje­tos. Lo esen­cial se halla en el poder de los impe­rios.

2 - No debe con­fun­dirse iden­ti­fi­cación e iden­ti­dad. La iden­ti­fi­cación es la rea­li­zación real o simbólica de la per­te­nen­cia. La iden­ti­dad y la búsqueda del sen­tido iden­ti­ta­rio se hallan unidas al sen­ti­miento de la pérdida de las anti­guas per­te­nen­cias y de manera espe­cial a la per­te­nen­cia de clase.

3 - La tra­yec­to­ria de Gérard Nicoud es ejem­plar en este sen­tido: se inicia como líder del cor­po­ra­ti­vismo del comer­cio en la CID-Unati para pasar de aquí al «cor­po­ra­ti­vismo nacio­nal» en 1986 entrando en el FN.

4 - Son pro­ducto de una fase del capi­ta­lismo que sitúa en pri­mera fila ya no la pro­ducción del capi­tal sino su repro­ducción.

5 - Es por esto que este lazo no se pro­du­cirá bajo el «Estado gis­car­diano», Estado de tran­sición, encar­gado de liqui­dar el poder de la anti­gua bur­guesía y de intro­du­cir las bases tec­nocráticas del nuevo poder. Sin rostro humano, no es sus­cep­ti­ble de iden­ti­fi­cación.

6 - El ene­migo ya no se halla al exte­rior de la demo­cra­cia sino en su inte­rior: el inmi­grante, el revol­toso, el comu­nista (ene­migo a la baja), el terro­rista en sen­tido amplio, o sea el que toma a los vivos como rehe­nes.

7 - Así, Toumi Djaidja, líder de las revuel­tas de los Min­guet­tes se integró algu­nos años más tarde en las filas del inte­grismo musulmán.

8 - Cf. Las teorías de la «nueva dere­cha» y prin­ci­pal­mente las obras de J.M. Benoist.

9 - De esta manera SOS Racismo se encontró en el mismo terreno que la «nueva dere­cha» en su rei­vin­di­cación del dere­cho a la dife­ren­cia y debió cam­biar de ter­mi­no­logía reem­plazándola por la de la socie­dad mul­ti­cul­tu­ral.

10 - «Las hordas extran­je­ras saquean una ciudad fran­cesa» decla­ración del FN a la prensa local. Le Progrès 10/10/90.

11 - Cf. Los dis­tin­tos artículos de B. Schulze (nos 1, 2 y 3 de Temps Cri­ti­ques.

12 - Al con­tra­rio, el anti­rra­cismo tra­di­cio­nal (que no hay que con­fun­dir con el indi­vi­duo no racista) defen­derá lo abs­tracto frente a lo con­creto, lo que une frente a lo que divide. Como su huma­nismo es pro­gre­sista y civi­li­za­dor, cree poder afir­mar sus valo­res como uni­ver­sa­les. Por defi­nición es euro­cen­trista. Su rechazo de la dife­ren­cia con­creta podrá lle­varle a negarla, como nos lo demues­tran las ambigüedades de la refe­ren­cia al mes­ti­zaje, mes­ti­zaje que con­sis­tiría en la supresión física de la dife­ren­cia de color. Sobre esta base, racismo y anti­rra­cismo se hallan en el mismo terreno. Sobre este último punto cf. Pierre-André Taguieff, La Force du préjugé, Paris, La Décou­verte. Res­pecto al anti­rra­cismo moderno, se acerca todavía más a la manera de pensar del racista ya que, aunque haga refe­ren­cia a los dere­chos del hombre, lo hace de manera com­ple­ta­mente mecánica, mediante capi­la­ri­dad con­sen­suada: sería difícil defi­nir estos dere­chos ya que todas las cul­tu­ras son buenas, toda dife­ren­cia es riqueza añadida para el hombre.

13 - Si la dere­cha Nacio­nal ha aso­ciado repe­ti­da­mente judío y franc­masón, el nacio­nal-socia­lismo innovó aso­ciando de manera más fre­cuente judío a bol­che­vi­que. Es que para Hitler el cos­mo­po­li­tismo judío se expli­caba por la exis­ten­cia de una doble figura del judío, al mismo tiempo capi­ta­lista y revo­lu­cio­na­rio. No debe­mos olvi­dar que el primer libro de Hitler se titu­laba El bol­che­vismo de Moisés a Lenin! (Citado por Saul Friedländer, Reflets du nazisme, Paris, éd. du Seuil.

14 - Leer las decla­ra­cio­nes del Gran Rabino Sitruck, entre­vista en Le Monde 30/9/90.

15 - El anti­sio­nismo se reduce a menudo a la extrema dere­cha revo­lu­cio­na­ria, a una parte de las pobla­cio­nes inmi­gran­tes de origen árabe o musulmán y también a una parte de la extrema izquierda. Esto no quiere decir que no puedan pro­du­cirse «res­ba­lo­nes», y cier­tos grupos de lucha armada han «res­ba­lado» hasta esco­ger a judíos entre sus rehe­nes, iden­ti­fi­cando de esta manera los indi­vi­duos con su Estado, o sea negándoles toda indi­vi­dua­li­dad.

16 - Esta afir­mación es cierta... pero con mati­ces. En la actua­li­dad asis­ti­mos a un doble movi­miento. Por un lado, inte­lec­tua­les judíos aske­nazíes, que habían per­te­ne­cido a la extrema izquierda pero que aban­do­na­ron un pro­le­ta­riado que les había aban­do­nado, se pro­cla­man de una «iden­ti­dad judía» de la que no se dis­tin­guen bien los com­po­nen­tes ya que por otro lado se decla­ran laicos (Se podría decir que, como para los revi­sio­nis­tas de extrema izquierda, el aban­dono de la teoría del pro­le­ta­riado y del pro­le­ta­riado guía con­duce a la búsqueda de ersatz). Por otro lado, se desa­rro­lla un inte­grismo judío por ini­cia­tiva de los judíos sefardíes, lo que ori­gina en algu­nas ciu­da­des o barrios la reins­tau­ración de una comu­ni­dad, pero sólo bajo su forma reli­giosa. Este movi­miento tiene muchos pare­ci­dos con el nuevo comu­ni­ta­rismo musulmán. Los acon­te­ci­mien­tos de Annecy de 1989-90 pare­cen indi­car que el rechazo de las prácticas judías abier­tas por parte de la población local tiene su origen más en el rechazo de cual­quier prac­tica comu­ni­ta­ria, judía o musul­mana, que en el anti­se­mi­tismo. Pero esto no deja de ser una hipótesis.

17 - Es reve­la­dora y al mismo tiempo ridícula la polémica de Calvet-Fau­roux sobre el automóvil francés.