De la reproducción estatal en la era del individuo democrático

octubre de 1996, Jacques Wajnsztejn

Publicado en : M. Postone, J. Wajnsztejn, B. Schulze, La crisis del Estado-Nación. Antisemitismo-Racismo-Xenofobia, Barcelona, Alikornio ediciones, 2001. ISBN: 84-931625-5-8



A menudo, el medio libertario deja traslucir la impresión que no hay nada que decir acerca del Estado o, más bien, que ya está todo dicho desde hace tiempo (desde de La Boétie a Bakunin). Solamente la práctica, las luchas serían cuestiones de actualidad. Algunos anteponen la organización como tarea más urgente. Para ellos, profundizar en la reflexión en función de una realidad cambiante no contribuiría sino a dividir aún más un movimiento que ya ha estado bastante dividido en el pasado y que aún lo está actualmente, aunque sea dentro de la nebulosa apelación «libertaria». Es más bien la iniciativa contraria la que me inspira. Las divisiones están vinculadas a las diversidades, lo que en cierto sentido es positivo, y también al hecho, que ya no es tan positivo, que se trata de divisiones históricas, que esencialmente el debate remite a la historia (Majnó o no, la o las CNT, las relaciones con la federación Anarquista, Fontenis, etc.). Pero esas discusiones no tienen más que un interés erudito, completamente interno al anarquismo mientras que, por otra parte, los libertarios dicen querer abrirse a otras corrientes críticas actuales.

Llevemos esto en relación con la cuestión que nos ocupa aquí, la del Estado. Generaciones de libertarios y anarquistas se han empecinado a propósito de la guerra de España en cuanto a la participación en el gobierno de la República. Se han hecho críticas muy duras, tanto desde el punto de vista de los principios (no se debe participar en un gobierno cuando se es anarquista), como desde el punto de vista del contenido de la acción (¿para qué participar en el poder si no es para destruir el Estado?). Pero estos problemas, ¿se plantearían de la misma manera en la actualidad? ¿Acaso un gobierno llamaría a los anarquistas para participar en el poder? Si se piensa que no, el primer motivo del enfrentamiento cae por su propio peso. ¿Es que el estado español de los años treinta es comparable con el estado moderno que conocemos actualmente? Sin responder inmediatamente y con detalle a lo que constituye el objeto de nuestras diferentes intervenciones, se puede decir que el Estado moderno está de tal manera presente en todos los ámbitos públicos y también en todos los rincones de nuestra vida (¡y de nuestra muerte!), que cualquier grupo que tomase o participase en el poder central queriendo aplicar el máximo de las ideas libertarias, sacudiría todo el edificio...

Abordar las tareas teóricas y prácticas en la actualidad es lo que me lleva a participar o intervenir en revistas anarquizantes o «independientes», indistintamente. Esta iniciativa me hace decir también que muy pocas cosas del pasado (incluido el pasado reciente) son útiles actualmente en lo que respecta a la cuestión y al análisis del estado. La crítica del Estado responde más bien a una crítica del tipo consigna o una reacción superficial, que a un verdadero conocimiento del Estado. En un sentido diferente, e incluso opuesto, el movimiento del Mayo del 68 en Francia (despreocupación y desconocimiento total de lo que era el estado gaullista, fijación sobre los CRS, etc.) y las fracciones armadas o las «autonomías» armadas en la República Federal de Alemania y en Italia (extrema fijación sobre el Estado, sobre el personal del Estado) han mostrado, por defecto, la urgencia de una reflexión profunda sobre el Estado (y los Estados). Además, elementos nuevos, como la eclosión de las nacionalidades o el nacionalismo en Europa del Este, la crisis del Estado-Nación en tanto que modelo estatal, el desarrollo de Europa en el seno del nuevo orden mundial, participan también de esa misma necesidad de reflexión.

Rápido repaso histórico

Estado y capital tienen una larga historia común. Es en primer lugar el estado monárquico quien crea un comercio nacional, mientras que antes sólo existía un comercio municipal o regional: la Hansa en el Norte, Lyon, Venecia (excepto el comercio de grandes expediciones, fuertemente dependiente de los subsidios de los estados). Ese comercio nacional se crea a pesar de las burguesías locales y los príncipes que se decantaban por el proteccionismo hasta el fin del siglo XVI. Es el estado monárquico el que trastocará el orden tradicional de la Edad Media asegurando el paso de un orden económico, todavía función de un orden social que lo contiene, a un nuevo orden en el que la esfera económica parece autonomizarse. Se está bastante lejos de la visión liberal clásica (de Smith, por ejemplo) que antepone un capitalismo inventivo que poco a poco se emancipa resueltamente de un estado monárquico estéril. Fue éste último el acumulador primitivo (cf. también la creación de las Work-houses).

Sin embargo, no se puede acusar al pensamiento clásico de pura ideología o de completa ceguera, pues su «falsa conciencia» proviene en parte del hecho que, en el origen, el estado protector, intervencionista, es indisociable del advenimiento del individuo como categoría política y jurídica. Pretende realizar la autonomía del individuo mediante la supresión de las antiguas mediaciones familiares, corporativas, comunitarias (cf., por ejemplo, la ley Le Chapelier durante la Revolución Francesa). La contradicción del liberalismo de esa época es querer separar al individuo de la protección estatal en la medida que no concibe este individuo más que como una mónada aislada, fundada en el modelo de propietario, mientras que el desarrollo económico impone ya el establecimiento de cortafuegos (así, la constitución nunca aplicada de 1793, mencionaba la necesidad de «ayudas públicas»). Los teóricos del liberalismo han quedado prisioneros de una concepción puramente instrumental del Estado. Han considerado el crecimiento del Estado como un efecto perverso, una excrecencia burocrática, un mal necesario, y nadie lo ha vinculado al advenimiento paralelo del individuo. No hace falta mucho más que Tocqueville que, por lo demás, no es un liberal en sentido estricto, para ver en el Estado (sobre todo, democrático) un instrumento funcional y racional de la libertad de los individuos, un complemento necesario de la «sociedad de masas».

Hay que subrayar también que, a menudo, los anarquistas han opuesto Estado e individuo, de una manera bastante unilateral, aunque no por ello dejara de entrañar ciertas ambigüedades. Por ejemplo, Proudhon defendía el principio según el cual «la propiedad es un robo», pero en la práctica defendía la propiedad (como base del trabajo y no como fuente de renta) en tanto que contrapeso al despotismo del Estado. Para él, el verdadero problema es económico y no político (cf. Du principe fédératif) y dice que el estado político debe desaparecer por sí mismo. En Bakunin, me parece que el Estado también se contempla, sobre todo, como el garante de la riqueza de unos frente a la pobreza de otros, pero que no tiene una función «útil», sino que es un poco exterior a la sociedad, lo que explicaría, por otro lado, los aspectos putschistas de Bakunin (cf. su acción en Lyon durante la Comuna). Esta contradicción no resuelta entre una visión del Estado como el mal absoluto y otra visión donde el Estado es visto como algo de escasa importancia, que no forma parte verdaderamente de la sociedad, ha tenido consecuencias importantes sobre el desarrollo y el carácter del movimiento anarquista. Consecuencias positivas como las que han permitido al anarquismo diferenciarse del socialismo marxista y de sus argucias sobre el estado proletario o estado obrero, pero también consecuencias negativas manifiestas en la subestimación permanente del papel productor y reproductor del Estado moderno. La debilidad de ese análisis sobre el Estado explica en parte las dificultades prácticas del movimiento durante los periodos revolucionarios y los zigzagueos constantes entre rigidez teórica y oportunismo práctico. Para no tomar sino un ejemplo reciente, la CNT, al menos en Francia, rechaza presentarse a las elecciones profesionales de delegados de persona pero, por otra parte, busca el reconocimiento de su «representatividad» (que está determinada por el Estado) y lucha en la función pública por el reforzamiento del estado, por el empleo de funcionarios suplementarios, etc.

El análisis clásico que hace Marx del Estado como agente del capital, del Estado al servicio de la clase dominante, ya no nos puede servir actualmente. El Estado en ese análisis queda reducido a una superestructura, reflejo pasivo de las transformaciones de la infraestructura y de las luchas de clase. Precisamente, si se conservan los conceptos de infraestructura y superestructura, es cierto que el estado actual es un elemento central de la infraestructura del sistema (el Estado como capital social). Sin embargo, ciertos análisis de Marx menos conocidos, han abierto la vía hacia una tipología de los estados que puede ser interesante a la hora de proceder a la aprehensión de las diferentes formas y tendencias del movimiento revolucionario, y a la aprehensión de la diversidad de formas estatales del MPC (Modo de Producción Capitalista). Marx tuvo en cuenta la diversidad de la relación en el feudalismo y dedujo que el estado fuerte es la forma dominante de los países que no han entrado sino con dificultades en la era capitalista, países que han sufrido fuertemente el conflicto entre las estructuras tradicionales de la sociedad precapitalista y la modernidad industrial. Francia, Alemania, Italia y España corresponderían a ese esquema que ha influido también en el movimiento obrero haciendo de la cuestión del Estado una especie de obsesión, una referencia obligada de una estrategia de destrucción (anarquismo, sindicalismo revolucionario en los países latinos) o de la toma de poder (socialismo lassalliano, guesdismo, francés y los partidos comunistas). Por el contrario, los países que no han conocido el feudalismo (Estados Unidos) o que no han conocido sino un feudalismo limitado y sin grandes rupturas históricas (Inglaterra), no han tenido sino un débil desarrollo del movimiento revolucionario a pesar de la importancia de su movimiento obrero. Sobre esta distinción entre los tipos de estado, Marx elaborará su análisis del Estado francés cuando el golpe de estado del 18 Brumario; es decir, de un Estado que quizás por primera vez, alcanzaría una cierta independencia (la burguesía abandona su control al sable de Napoleón III) y se organiza para institucionalizar esa «independencia», mediante el desarrollo de una verdadera máquina de Estado, servida por un nuevo cuerpo de Estado, los funcionarios. Creo que se puede partir de ahí.

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Notes

 

* - Jacques Wajnsztejn. Contribución a la obra colectiva État, Politique, Anarchie. Atelier de Création Libertaire, Lyon, 1993.