El capital: una breve actualización
Traducción desde el francés : Marta de Tena
Estado y capital: situación actual
Se puede observar que, entre los (pocos)1 artículos et incluso ideas que circulan hoy en día acerca del capital o del capitalismo, poco se menciona al Estado y, por lo tanto, a penas se hace mención ni a la potencia ni al poder particular que esta confiere. Se pone con mayor frecuencia el énfasis en el beneficio, una noción banal sin virtud explicativa a nivel microeconómico (¿qué razones pueden tener Elon Musk o Jeff Bezos para seguir aumentando sus beneficios?) y, a nivel macroeconómico, sin verificación convincente del cálculo de una tasa general y sus variaciones (cf. la improbable tendencia decreciente de la tasa de ganancia prometida por Marx hace casi dos siglos). Lo que muchos llaman el neoliberalismo implicaría prácticamente un concepción del Estado reducido/cantonado a sus funciones soberanas. Se subraya hasta la caricatura algo que es más una ilusión que una realidad objetiva, para poder oponerla aún más al estado anterior y, en definitiva, al capitalismo de antes, también caricaturizado y por lo tanto, mal definido. Así, a veces se tiene la impresión de que, para la izquierda francesa actual, el programa del CNR (Conseil National de la Résistence – Consejo Nacional de la Resistencia) no proponía un modelo capitalista sino el socialismo con rostro humano!
Sin embargo, el papel del Estado, a pesar de su morphologia variable, y de la autoridad pública es precisamente lo que nos permite comprender el vínculo contradictorio existente entre la economía de mercado y el capitalismo. De hecho, la economía de mercado sólo puede existir y a fortiori funcionar como tal, es decir según los principios liberales, una vez que el mercado ha sido instituido por el Estado (cf. Karl Polanyi). En su forma inicial, el Estado aún no está separado de la sociedad, no la domina, sino que constituye un polo de concentración de poder político, religioso, económico formado por individuos relativamente jerarquizados, que cumplen funciones ya sea sagradas, ya sea de poder, a los que están vinculados amplios grupos de la población. Encontramos estas formas de Estado naciente en los reinos mesopotámicos y posteriormente en los imperios de la misma región, en las dinastías egipcias, etc. Es lo que analizamos en « La genèse de l’État et l’État réseau » [La génesis del Estado y el Estado red] (Temps critiques, no 16, 2012) y « L’État sous ses deux formes nation et réseau » [El Estado en sus dos formas: nación y red] (Temps critiques, no 20, 2020).
Las Ciudades-Estado griegas y el imperio romano no son formas proto-estatales, sino formas de control estatal de la sociedad más o menos avanzadas: se trata de una fase intermedia del Estado entre su primera y segunda forma. Lo que determina estas formas no es el «modo de producción» (o acumulación de valor) sino las relaciones institucionales, por tanto políticas y jurídicas, entre Estado y sociedad.
En su segunda forma, el Estado está separado de la sociedad y la domina: Estado real, Estado-nación, etc. Fue lo que Hegel teorizó sobre el Estado y la sociedad civil. De hecho, es el Estado en su segunda forma, la de Estado-nación, el que por un lado aceleró el movimiento de disolución de las formas comunitarias y por otro, favoreció la aparición de las ciudades. Fue él quien no sólo permitió aparición, el desarrollo y la expansión del comercio/de los intercambios sino que también contribuyó a la antes mencionada institución esencial del mercado. No obstante, hoy en día, con la tendencia de los Estados nacionales a reestructurarse en forma de redes, el entrelazamiento del Estado con las grandes empresas, a nivel del capitalismo en la cumbre de la jerarquía económica (Braudel), significa que estas últimas escapan casi completamente a la «economía de mercado».
Estructuración por niveles y Puesta/trabajo en redes
En esta nueva estructuración, el capitalismo de cumbre viene a ser el nivel I de la dominación capitalista que reúne por un lado a los Estados como potencia política y también económica, con la importancia que han cobrado los «fondos soberanos de inversión» (expresión acuñada en 2005 por Andrew Rozanov),y por otra diversos agentes entre los que se cuentan las organizaciones internacionales —Fórum Económico Mundial, ciertas ONG de gran envergadura —, y las grandes empresas multinacionales, los grandes sindicatos. Se supone que es a este nivel donde se resuelven los grandes problemas de la reproducción global del mundo capitalista y «capitalizado»: medio ambiente y clima, acceso a las materias primas y a las nuevas tecnologías, paraísos fiscales, lucha contra el narcotráfico. Se produce por tanto una indiferenciación entre las esferas política y económica: se unifican o más bien se totalizan en el sentido hegeliano sobre la base de la prioridad dada a la dominación (en lugar de la explotación), a la potencia (en lugar de la ganancia) y a la capitalización (en lugar de la acumulación) —ver más abajo-volveremos sobre esto. El personaje de Elon Musk es el mejor representante/símbolo de este capitalismo de poder, para el cual el beneficio en el sentido tradicional del término no es más que un elemento secundario (porque en términos de ganancia, Tesla es un fracaso). Parafraseando la Filosofía del Derecho de Hegel, Musk es la figura que «convierte en efectiva la realidad sustancial» (transhumanismo, conquista del espacio). Y Trump es su «digna» versión en política, pero está claro que esta distinción entre política y economía para ellos ya no tiene razón de ser. Ni de hecho para nosotros, al menos en nuestro actual análisis del capital —postura en nuestro caso crítica y no apologética.
El nivel II es el nivel de la especificidad nacional o regional de la reproducción de las relaciones sociales: relación capital-trabajo y nivel de salario mínimo, fiscalidad de cada país, educación-formación-investigación, mayor o menor intervención económica y social del Estado, relación con la inmigración, opciones estratégicas, energéticas y militares, poder de los medios de comunicación. El Estado persiste bajo su forma nacional, pero con distorsiones importantes que conducen a la mutación polimórfica de las instituciones. De ello resulta una tendencia a la indistinción de las sectores público y privado acompañada de una privatización parcial de la función pública y territorial, favorizada por la puesta en red, la desaparición de la separación sociedad política/sociedad civil. En este nivel se encuentra la casi totalidad del remanente de la «economía de mercado», la cual más que fijar los precios, los padece/endura (cf. actualmente el precio del gas). De hecho, las relaciones de dependencia entre contratistas y subcontratistas se han endurecido, las franquicias devoran a los independientes, el comercio electrónico continua a ganarle terreno a la actividad tradicional —aunque no funcione sobre los principios de la competencia —y la «plataformización» coloniza todos los sectores de actividad.
El nivel III, a su vez, predominan las zonas grises del empleo: trabajo declarado y no declarado en sectores como la construcción, la hostelería, la limpieza y los servicios a la persona; gran variedad de estatus: contrato de trabajo en forma de contrato de prestación de servicios dependiente por lo tanto del derecho civil y no del laboral, trabajo por cuenta propia, encubierto o no, y diferente del sistema de autónomos, «uberización» de las condiciones, desempleo de larga duración, que conducen a respuestas políticas en términos de «prestaciones sociales» (Ingreso Mínimo Vital, asistencia sanitaria).También incluye la economía informal o de subsistencia en los países pobres, incluida la actividad de tráficos diversos a nivel local, nacional e internacional que alimenta los otros dos niveles a través de prácticas de lavado de dinero.
Estos tres niveles no forman tres esferas herméticas sino que están jerarquizados y articulados dentro del proceso de globalización —a diferencia de lo que ocurría entre los siglos XVI y XVIII a los balbuceos del capital— cf. Fernand Braudel que los ha definido como «tres mundos separados».
El primero opera principalmente en función de la potencia, el segundo en función de la ganancia, el tercero en función de la relación inmediata de poder, que muy a menudo sigue siendo personal. Pero hay interacción entre ellos: el nivel I organiza, invierte, rentabiliza gracias a las grandes cantidades producidas (las majors), el segundo innova (start-ups) y produce en cantidades limitadas por falta de espacio financiero mientras espera el relevo (pasar a la subcontratación o vender la empresa), el nivel III sirve como base de retaguardia, alternativa o subterránea.
En esta nueva estructuración la relación público-privada también está cambiando. No hace tanto, el poder de los Rockefeller o los Carnegie se cantonaba esencialmente al sector privado (la división económico-política de la que habla Nancy Fraser); hace aún menos, con Ford, este empezó a cambiar (el modelo fordista de regulación), y actualmente, los sectores se confunden. Dicho fenómeno puede observarse particularmente en la potencia que desarrolla lo que Yannis Varoufakis ha denominado cloud capital2. Dicha potencia confirma la obsolescencia de la distinción sociedad política/sociedad civil en la sociedad capitalizada.
Las grandes corporaciones, que operan al nivel del capitalismo en la cumbre, esquivan los mercados o venden directamente fuera de cualquier mercado. La transformación progresiva de los grandes medios de comunicación, antes llamados medios de opinión pública (implícitamente políticos) en medios todoterreno que hurgan en los corazones y los cuerpos (bajo pretexto de hacer visible lo que no lo era) hace que tienden a parecerse cada vez más a las «redes sociales», hasta el punto en que a veces es difícil distinguirlos.
Lo que en la modernidad tardía era, como decía Richard Sennett, del orden de la «tiranía de la intimidad», y por tanto más bien de la crítica del orden de la dominación y de la dependencia, es hoy, en la posmodernidad, del orden de la afirmación de subjetividad necesaria a la dinámica del capital. Las empresas de servicios tampoco se quedan atrás, puesto que los profesionales del marketing contemplan desarrollar lo que denominan «intimidad a largo plazo con el cliente» e intentan implementar un gran abanico de procedimientos para crear «lazos comunitarios». El capitalismo, tras haber destruido progresivamente todas las formas de comunidad que le preexistían a pesar de la resistencia de algunas de entre ellas, produce a su vez un gran número de comunidades múltiples en la sociedad capitalizada hasta tal punto que uno se pregunta lo que queda ( y si queda algo) de «sociedad»3 sin que ni siquiera quede la esperanza de que surja en reacción y a cambio, una comunidad humana.
Hemos hablado a menudo de la institución histórica del mercado por parte del Estado: pues bien, henos aquí asistiendo a su desinstitucionalización. Que sea parcial o total dependerá del equilibrio de poder entre las fracciones del capital, Estado incluido. Como ejemplo reciente, de los 70 multimillonarios de Silicon Valley, muy pocos apoyaron a Trump en 2016 y solo 20 lo hicieron en 2024 —aunque otros se hayan ido sumando tras su victoria—, pero son esos 20 los que trastocan las viejas separaciones y participan en la capitalización de todas las actividades. En Estados Unidos, la creación del DOGE (Departamento de Eficiencia Gubernamental) con el apoyo del Wall Street Journal, y el nombramiento de Musk como superconsultante del presidente, van en esa misma dirección de totalización (sentido hegeliano) del capital, con una puesta en red de las diferentes fracciones de poder y de potencia —que estaban antes separadas. De ahí la paradoja de que este tipo de despliegue, sobre todo en Estados Unidos, pueda parecer «antisistema» (un «sistema» que se identifica a la administración federal). Con este «Estado en red» la burocracia en el sentido weberiano del término ve su función organizativa reducida a la transmisión y aplicación meticulosa de órdenes. El poder público cede el paso a una gestión ya sea pública, ya sea privada, porque de todas formas, la cuestión de la propiedad4 pierde importancia. De hecho, aunque a primera vista parezca que la competencia está por todas partes, es más una ilusión óptica que una realidad. Al nivel de las grandes metrópolis y, más generalmente, de todos los centros urbanos, el comercio «independiente» ya prácticamente no existe salvo en Estado residual, liquidado por desarrollos estructurales como el desarrollo de pequeñas y medianas superficies de la gran distribución, desarrollos tecnológicos como el uso y difusión del comercio electrónico y factores coyunturales como la crisis sanitaria. También hay que tener en cuenta los servicios que se han «plataformizado», por ejemplo con las plataformas virtuales chinas (Alibaba, Tencent, TikTok, JD.com, DiDi), que se han desarrollado en los ámbitos de la información, las transacciones comerciales, las aplicaciones móviles y la industria.; así como la creación de grandes plataformas para cada profesión liberal (Doctolib, etc.). La agricultura, en su mayor parte, está bajo el régimen de precios garantizados, porque en Europa está administrada por la PAC. En banca y seguros, las instituciones continúan uniendo fuerzas o fusionándose porque, como en la industria, hay un cambio en la escala geográfica y el tamaño de la «competencia». Además, se redistribuyen sobre bases multifuncionales (banca-seguros).
En los mercados globalizados, se trata de lograr lo que los economistas llaman «tamaño crítico» (la escala necesaria para alcanzar un nivel óptimo de rentabilidad y competitividad). La teoría de la competencia perfecta desarrollada por los economistas neoclásicos no era en realidad más una ideología con poca conexión con el terreno, ya que suponía, entre otras cosas, que ninguna empresa podía influir directamente en el precio. Frente a este absurdo teórico, que descuida el efecto del tamaño y, por tanto, del poder/de la potencia, incluso los Estados Unidos liberales tuvieron que establecer leyes antimonopolio (introducidas a finales del siglo XIX y principios del XX para regular el «capitalismo salvaje»). El capitalismo nace ciertamente de la competencia (véase la ley Le Chapelier contra las corporaciones durante la Revolución Francesa), pero en su dinámica porta el monopolio «como la nube porta la tormenta» (« le capitalisme porte en lui la guerre comme la nuée porte l’orage » discurso de Jean Jaurès, del 25 julio de 1914.) Esto es lo que temía Schumpeter, para quien el riesgo mayor de crisis reside en la tendencia monopolista de mediados del siglo XX, dado que aún favoreciendo el beneficio (en este caso el exceso de beneficio), también permite el mantenimiento de posiciones rentistas dichas «de innovación». Actualmente, los neoliberales ven esto como una tendencia a mantener precios altos que penaliza al consumidor5.
Hoy en día, esta tendencia hacia la concentración toma comúnmente la forma de fusiones y adquisiciones. Y los números hablan por sí solos: cuando el crecimiento es fuerte, su ritmo acelera; cuando es débil, como en este momento, decelera. Schumpeter también se preocupaba por el riesgo que esta tendencia representaba para la investigación y la innovación, pero los mercados oligopólicos actuales creen haber resuelto el problema externalizando implícitamente la innovación al sector de las empresas emergentes. El hecho de que hoy la innovación para ser rentable deba ser disruptiva refuerza la tendencia al monopolio de facto y la fijación de precios arbitrarios.
Valor y precio
Tras haber escrito mucho sobre ello, desde 1990 hasta principios de los años 2000, abandonado toda teoría del valor. Varios elementos nos condujeron a ello. Nuestro análisis de la pérdida de centralidad del trabajo vivo en el proceso de valorización condujo mecánicamente a la crítica de «el valor trabajo». La importancia de las fases previas y posteriores al proceso productivo stricto sensu nos condujo a la noción de «evanescencia del valor» a partir del momento en que ya no puede relacionarse con la producción y el trabajo productivo, sino que recorre todo el proceso con todas sus fases y que la imputación de su fuente se vuelve altamente problemática6. Accesoriamente, refutamos la idea de un «valor» de la fuerza del trabajo: no lo consideramos una mercancía porque no es el resultado de un proceso de producción como las demás; sólo lo sigue siendo política y socialmente, dado que la capacidad humana para trabajar se transforma en fuerza de trabajo. El propio Marx habló a menudo de ello, y Polanyi más tarde, como de una «cuasi-mercancía ». Así, la fuerza de trabajo no tiene ningún «valor», sino sólo un precio, lo cual destruye la base de muchos de los cálculos económicos de Marx quien, paulatinamente, intentó hacer pasar sus resultados como leyes económicas (cf. su adopción de la ley de hierro de la caída de los salarios teorizada por Ricardo), abandonando así su posición preferencial de crítica de la economía política burguesa por otra/esa, positivista, de «la ciencia económica»7 (plusvalía y tasa de explotación8, tendencia decreciente de la tasa de ganancia, ley de la pobreza, etc.). Por otra parte, para teóricos tan diferentes como Keynes, Castoriadis (el valor como «significación imaginaria social» o «representación», núm. 31 y 35 de Socialisme ou Barbarie) y especialmente los obreristas italianos en las luchas fabriles entre 1968-1975 (la lucha salarial «variable independiente» por Sraffa y Tronti, posteriormente el «salario político» de Negri), el «valor» de la fuerza de trabajo no es sino función del equilibrio de poder entre las clases sociales en una situación espacio-tiempo determinada. Esto constituye ya una buena premisa para abandonar la problemática del valor por la de los precios. La lucha en la isla francesa de Guadalupe en el Caribe, precisamente sobre la cuestión de los precios con el Manifiesto sobre los productos de primera necesidad (febrero de 2009) también pareció abrir perspectivas. El capitalismo no es un «sistema» sino una relación social —relación de subordinación y de poder.
Dado que es legítimo cuestionar el alcance político de una teoría, puede ser pertinente abordar la relación entre la teoría obrerista italiana (¿la teoría comunista de su época?) y las luchas italianas de los años 60-70 del siglo XX9. Hoy en día la teoría del valor-trabajo no permite dar cuenta de la relación entre acumulación y capitalización10 y defenderla conduce, muy a menudo, a la oposición entre economía real y finanza. La acumulación se define esencialmente como un aumento del stock de bienes de capital reales. Las existencias de activos financieros acumuladas por ejemplo mediante la compra de acciones y bonos, se tienen poco en cuenta y se consideran, en el mejor de los casos, como una forma indirecta de comprar bienes de capital. Los flujos financieros se dejan aún más de lado, ya que se les considera ajenos al circuito económico. De hecho tanto los economistas ortodoxos como los economistas «aterrados»* solo considerando el «capital ficticio»11 en su forma especulativa o crediticia y ya no como anticipo de capital o anticipación de ganancias futuras, por ejemplo en la forma financiera de «capital de riesgo» (hedge fund) que constituyeron la mayor parte de la financiación privada de las nuevas tecnologías de la información. Se podría caer en la tentación de hacer la misma observación con respecto a la indignación moral más que política ante el auge de los productos derivados, como si fueran el signo de una «economía de casino» desconectado del «economía real» ( como si hubiese una «irreal»), si bien, más allá de su desenfrenada y disfuncional aceleración, desempeñaron un papel clave en la estabilización de los mercados de divisas tras la desaparición del régimen de tipo de cambio fijo12.
Más concretamente, hemos abandonado con tanta mayor facilidad, a nivel teórico, las teorías del valor por los precios cuanto que en el terreno económico, la distorsión entre «valor» y el precio se hizo más evidente. Si hasta los años 1970 se podría decir que el capitalismo es «el valor en proceso», (Marx) hoy, tras lo que hemos dado en llamar la revolución del capital13, es posible decir, que el capital domina el valor —esto, si se quiere conservar el mismo vocabulario que no es del todo satisfactorio porque en este contexto el valor aparece siempre ligado a una sustancia, trabajo concreto o abstracto, poco importa14. El capital ya no es el valor en proceso de producción y trabajo, sino el proceso mismo del capital en el que el valor se pierde en un movimiento más amplio y difuso. Esto es lo que hemos intentamos formular con nuestra noción de «evanescencia».
El capital domina el valor al afirmar sus propias categorías: precios y costos de producción en lugar de valor, ganancia en lugar de plusvalía. El proceso de valorización se vacía de su sustancia: plusvalía, porque surge como fuente a través de la dominación del trabajo muerto (inmensa acumulación de capital fijo) sobre el trabajo vivo. Se convierte en una fuerza productiva como Marx anticipó con su análisis del general intellect15, lo que contradice la mayoría de sus textos «económicos», según los cuales el que el capital fijo o trabajo muerto sólo transmite una parte de su valor sin crear ninguno. Del mismo modo, es difícil seguir considerando el trabajo productivo como único productor de plusvalía cuando se sabe que representa un porcentaje cada vez menor del trabajo en su conjunto. Es sólo una parte del trabajo en general. En esta forma indeterminada, se vuelve productiva, porque, en última instancia, produce ganancias. Es decir, que mejor esperar sentados a que la tendencia decreciente de la tasa de ganancia decrezca de verdad.
Para las relaciones sociales de producción capitalista, la forma (el capital) es irrelevante, ya se trate de finanzas, de publicidad, de producción de acero o de conquista del espacio, de organización de la energía nuclear, del crédito, siempre que se produzca un incremento de valor. La ley del valor (trabajo) ya no es una representación adecuada del capital, aunque la economía burguesa de la época de la revolución industrial (Ricardo) se apoyara en ella en su lucha contra las teorías mercantilistas y los grandes terratenientes. Aún así, desde el principio ha sido una visión reductora que no ve en el capital la realización de un proyecto humano, «utopía- capital», por utilizar una expresión central en Giorgio Cesarano y Jacques Camatte —porque es un proyecto humano aunque aboque en separación, alienación y dominación.
Con el capital, los hombres creen que pueden extraerse de la naturaleza, de la animalidad e incluso de la humanidad.
La revolución del capital
La característica de la revolución del capital es hacer coexistir todo, es decir, contiene todo y lo contrario de ese todo, sin conseguir ir más allá16…). En este sentido, la inteligencia artificial no es una simple continuación aumentada del general intellect (GI). Mientras que Marx veía el GI como una ampliación de relaciones puramente de producción a todo el conocimientos científico y técnico, como una valorización también fijada a la producción, la IA interviene en la circulación y reproducción de las relaciones sociales y contribuye a la capitalización de todas las actividades humanas y no humanas.
Lo que algunos (por ejemplo, Nancy Fraser) llaman «importante punto de inflexión histórico» de los años 1980 a 2000, o «neoliberalismo», es lo que nosotros llamamos la revolución del capital y no contrarrevolución (porque lo que hubo en las dos décadas precedente no fue una revolución, sino sólo insubordinación proletaria y revuelta de la juventud.). Estamos en un proceso de totalización del capital, sin que esto implique unificación, puesto que hay diferentes fracciones del capital. Cabe también utilizar la noción más común de «globalización» para describir el proceso (siempre y cuando no se reduzca únicamente a la globalización del comercio). Mejor en cualquier caso que la noción de «financiarización» de Fraser, cuya utilización conduce a menudo a la idea de un capitalismo especulativo o parasitario —nótese que Fraser no cae en esa facilidad. Sin embargo, sí que utiliza a menudo la expresión «Por naturaleza, el capitalismo…», ahora bien: el capitalismo no tiene «naturaleza». Es inestable, proteico y no se puede decir que sea más financiero que comercial o industrial. Tampoco se trata de una sucesión de estas formas en función de una evolución cronológica según el mismo modelo que la sucesión determinista-marxista de los modos de producción, desde los menos evolucionados hasta los más evolucionados o progresistas17.
El desarrollo de capital siempre ha requerido financiación, y lo que ha cambiado, es el modo de financiación. El aumento de la velocidad de los intercambios y su expansión exigieron un aumento correspondiente de los medios de circulación mediante el recurso a la llamada financiación directa, es decir, el «mercado» financiero. Incluye todas las instituciones financieras entre las cuales los bancos son sólo un elemento y que hoy coexisten con inversores institucionales (por ejemplo en Francia, Caisse des Dépôts et Consignations y Caisse d’Épargne) y fondos de pensiones de capitalización, que representan una democratización del estatuto de accionista. De hecho, sobre todo en los países anglosajones, este último ya no es sistemáticamente alguien que «vive de las rentas» en el sentido histórico del término, sino un empleado en activo o jubilado. Para completar, señalaremos también la existencia de fondos soberanos de los Estados, por ejemplo los fondos petroleros, y finalmente los fondos fundamentalmente especulativos (hedge funds) y «fondos buitres».
Este proceso de totalización, a pesar de su apariencia abstracta de «sistema», no debe interpretarse en el mismo sentido que la tesis de un «autómata del capital ». De hecho, en ella participan activamente fracciones del capital (las GAFAM no tienen los mismos intereses a corto o medio plazo que Walmart o las petroleras) y poderosas fuerzas sociales (los grandes sindicatos reformistas y los grandes grupos de comunicación18), que integran, o al menos intentan integrar, la crisis como un componente de la dinámica general. Ya no se niega su existencia, como podía ocurrir en los tiempos en que prevalecía la teoría neoclásica, cuando la crisis sólo podía surgir de obstáculos ajenos al libre mercado (intervención del Estado, sindicatos, empresas monopolísticas, etc.). Tampoco ya se considera en tanto que crisis final, salvo por parte de los marxistas ortodoxos, ni se dramatiza, salvo en su dimensión esencialmente apolítica de puesta en peligro del planeta, que rara vez va vinculada a una crítica del capitalismo19.
La crisis de 2008, por ejemplo, lejos de ser una crisis final, permitió depurar ciertos aspectos «sucios» del mercado financiero e instalar cortafuegos a nivel de los bancos centrales y los Estados. La crisis sanitaria de 2020 ha acelerado la plataformización, el comercio electrónico y el trabajo a distancia. Estas crisis no son de ninguna manera autosostenibles ni provocadas deliberadamente, según un «plan de capital» —puesto que esto supondría su unidad completa— pero brindan oportunidades a ciertas fracciones o fuerzas presentes. Mantienen una dialéctica de transformación dentro de la relación social capitalista que no abraza necesariamente ni esencialmente la vieja dialéctica de las luchas de clases, como lo muestran, en el caso de Francia, las luchas de Notre-Dame-des-Landes, contra las grandes cuencas y otros grandes proyectos, o movimiento de los Chalecos Amarillos.
Para concluir provisionalmente
La valoración como motor de la dinámica general ha dejado paso a la capitalización. Como la capitalización es diferencial20, la competencia subsiste en su seno ( no es un juego de suma cero: tiene ganadores y perdedores). Además, la capitalización tal como la entendemos no es sólo una cuestión de capitalización bursátil (donde prevalece el «capital ficticio»21) o de aceleración de la velocidad de rotación del capital entre D y D’ virtualizando el paso por la producción (D-M-D’). Se trata también de capitalizar todas las actividades humanas sin pasar necesariamente por la mercantilización, por ejemplo con la apariencia de gratuidad22 que dan el libre acceso y las diversas posibilidades y usos de Internet (software libre), el desarrollo del asociacionismo voluntario, el entusiasmo y la participación cooperativa en grandes acontecimientos simbólicos como la organización de los Juegos Olímpicos.
Este es, en resumen, el mundo en el que vivimos hoy.
Temps critiques, 11 de enero de 2025, modificado el 1 de marzo de 2025.
Notas
1 – Ver. Nancy Fraser, «La imposible democracia de mercado», en Le Monde diplomatique en español, diciembre 2024. [« L’impossible démocratie de marché», in Le Monde diplomatique, décembre 2024.]
2 – Cf. Yannis Varoufakis, «Les géants de la Big Tech se sont installés dans le bureau Ovale», en Le Monde, 5 y 6 de enero de 2025. [Los gigantes tecnológicos se han instalado en el Despacho Oval].
3 – Ver Alain Touraine, El final de las sociedades, México, Fondo de Cultura Económica, 2016. Ver también la idea de «comunidad material del capital» de Jacques Camatte.
4 – En La era del acceso, Barcelona, Paidós, 2013, J. Rifkin teoriza que hoy en día existe la economía de mercado fundada en la propiedad, pero que mañana existirá la economía de redes, fundada en el «acceso». En lugar de comprar bienes, se contratarán servicios durante un tiempo determinado ( cf. el leasing automóvil o la música en streaming en lugar de un soporte sonoro). El «valor» residirá más en los conceptos, las imágenes y las experiencias que en el patrimonio material. Esta sociedad de redes que nos hace ingresar en la verdadera «posmodernidad», producirá un nuevo tipo de ser humano con «personalidades múltiples», en búsqueda de experiencias cuanto más diversas mejor.
5 – En esta perspectiva, la UE se ha opuesto a toda política de «campeones europeos», ignorando el cambio de escala geográfica de los mercados, dado que el concepto de Unión que prevaleció en Maastricht era el de una separación estanca entre relaciones económicas y políticas. Al tratar de mantener la competencia dentro de Europa, se ha provocado, por ejemplo, la desaparición de la electrónica europea. También podríamos tomar como ejemplo las baterías de la «reindustrialización» europea y la colosal diferencia de tamaño (en miles de millones de inversión) entre este proyecto y el proyecto faro surcoreano en este sector. En una nota aún más actual, la UE se opone en este momento a la posibilidad de una fusión entre Renault y Stellantis, a pesar de las dificultades específicas que encuentran los constructores europeos en la transición al coche eléctrico.
6 – J. Guigou y J. Wajnsztejn, L’évanescence de la valeur, L’Harmattan, 2004. Tras un periodo de recorrido común con quienes más tarde se autoproclamaron como la «escuela crítica del valor», solo cabe señalar nuestro diferendo, ya que su análisis les conduce a lo opuesto de la evanescencia: la idea del triunfo del valor. En segundo lugar, su crítica del valor-trabajo en favor de la «forma-valor», basada en el trabajo abstracto, ha resultado inoperante, ya que su análisis (Anselm Jappe) de la crisis de 2008 como crisis final los ha llevado mecánica, pero lógicamente, a sacar el valor-trabajo del trastero de la historia y a referirse positivamente a la economía real por oposición a las «finanzas» (cf. la crítica de J. Wajnsztejn en « Une énième diatribe contre la chrématistique », nov. 2011). Para Jappe, el capital ficticio no es más que una fase del Crédito a muerte, como se titula una de sus obras.
7 – Sin embargo, al intentar transformarse en ciencia, la crítica de la economía política abandonó el terreno de la empresa y de la microeconomía, donde se podían medir las cosas, por el terreno macroeconómico de los grandes agregados, que debían confirmar la exactitud de las hipótesis planteadas. El ejemplo más famoso de estas aporías marxistas es el de la transformación de los valores en precios de producción, que los principales matemáticos marxistas (italianos en este caso) nunca han conseguido resolver; y una tendencia a la baja de la tasa de ganancia que nunca ha dejado de «tender» (se dice que es inmodificable). Los que manejan las estadísticas del capital sobre el «valor añadido» no se hacen tantas preguntas, como dice uno de sus libros.
8 – La noción de explotación puede, con pertinencia, seguir siendo operativa hoy en día sin adoptar la tasa de explotación de Marx, que corresponde a un cálculo matemático cuyos factores son discutibles.
9 – Wajnsztejn J., L’opéraïsme italien au crible du temps, À plus d’un titre, 2021.
10 – Este concepto se refiere más a un movimiento y a un resultado que a un origen: la transformación del capital en flujos financieros. Marx ya había dicho: «Constituir capital ficticio se llama capitalizar» (Œuvres, Gallimard, p. 1755), y planteó la cuestión de un capital que crece por sí mismo (ibíd., p. 1965, 1973-1974) sin precisar si se trataba de un fenómeno particular o estructural. Pero para nosotros, 150 años después, ¿se sigue planteando esta cuestión? El concepto de capitalización nos parece hoy más pertinente que el de valorización, por cuanto criticamos la teoría del valor-trabajo… y cualquier teoría del valor. Por último, pero no por ello menos importante, porque refleja la tendencia a extender la capitalización a todas las actividades humanas, no sólo a las vinculadas a la producción y al trabajo (cf. nuestra noción de sociedad capitalizada).
* – [N. de la T.] «Les Économistes atterrés» es una asociación francesa creada en 2011 y formada por expertos económicos de izquierdas opuestos a la «ortodoxia neoliberal».
11 – Cf. el «misterio» de la cotización en bolsa de las TIC y la valoración de los unicornios en más de mil millones de dólares, excluyendo cotización y ventas.
12 – Véase el artículo de Larry Cohen, « Victimes, complices ou acteurs de premier plan ? Le rôle des États dans le tournant dit néolibéral », in Temps critiques, no 22).
13 – Cuando hablamos de la revolución del capital, seguimos siendo en parte fieles a la visión de Marx de un modo de producción capitalista revolucionario; pero no le otorgamos menor sentido progresista y, a fortiori, no le damos un alcance político para un posible futuro-otro.
14 – A través de la moda, la publicidad, el fenómeno de las marcas, el consumo de conceptos y no sólo de productos, el precio recobra el sentido de un «valor» y expresa una riqueza, aunque alienada. Esto refuerza la idea de que el precio es la verdad del valor y no una máscara, que oculta la esencia de las cosas bajo el velo de la apariencia. También supone el abandono de la teoría del fetichismo de la mercancía y la de la falsa conciencia. El valor no es más que una representación. La multiplicidad de valores y la tendencia a su equivalencia en la sociedad capitalizada constituirían un fenómeno nuevo en la historia del capitalismo. Nuestro concepto de evanescencia del valor encaja bien en este movimiento, si no lo circunscribimos al campo de la economía.
15 – En «Fragmento sobre las máquinas» en Introducción general o Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, vol. 2, Siglo XXI, 1972, págs. 216-230.
16 – Es la dialéctica de medio pelo la que le hace reconocer que no hay síntesis que vaya más allá de tesis y antítesis.
17 – Las finanzas estaban tan presentes en el desarrollo de las «ciudades-mundo» del siglo XVI como lo están hoy en la financiación de las nuevas tecnologías (capital-riesgo) o en el desarrollo del capital ficticio.
18 – En 1984, Yves Montand ya decía: «¡Viva la crisis!» y Libération, ese periódico de la revolución del capital, lo puso como título de primera página.
19 – La deep ecology, por una parte, y la crítica antiindustrial, por otra, que a veces puede combinarse con la crítica anticapitalista.
20 – El hecho de poner de relieve este aspecto diferencial de la capitalización significa que ya se puede dejar de favorecer un análisis en términos de desvalorización general y en términos de «decadencia», y utilizar la noción de «reproducción encogida», por paráfrasis de la noción marxiana de «reproducción ampliada», que caracterizaría al capitalismo a largo plazo. Véase Jonathan Nitzan y Shimshon Bichler, El capital como poder, edición independiente, 2020.
21 – Con el desarrollo del capital ficticio, el capital global tiende a presuponerse al margen de la valorización por el trabajo (vivo). Y también: «El capital ya no parte de presupuestos para desarrollarse, sino que se presupone a sí mismo; parte de sí mismo y crea las condiciones para su conservación y crecimiento» (Introducción general o Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. Capítulo sobre el capital).
22 – Cada vez son más las empresas que ofrecen sus productos gratuitamente para atraer a los consumidores, a los que luego cobran por el servicio y las ampliaciones que acompañan al producto.

