Presentación de la lógica del antisemitismo

octubre de 1996, Bodo Schulze

Título original; Présentation de " La logique de l’antisémitisme "

Publicado en : M. Postone, J. Wajnsztejn, B. Schulze, La crisis del Estado-Nación. Antisemitismo-Racismo-Xenofobia, Barcelona, Alikornio ediciones, 2001. ISBN: 84-931625-5-8


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Decir que Aus­ch­witz escapa a la razón se ha con­ver­tido en algo de buen tono. Ante la enor­mi­dad del hecho, el ciu­da­dano recu­rre a una «expli­cación» de cir­cuns­tan­cias y coloca la des­trucción de los judíos de Europa en el cajón de sastre de lo «irra­cio­nal». Esta cla­si­fi­cación no sólo es tran­qui­li­za­dora porque con­jura la cosa nombrándola, sino también porque trans­forma en enti­dad sor­pren­den­te­mente fácil de mane­jar algo con­si­de­rado ina­si­ble. Como el sal­vaje que cree alejar el peli­gro de tor­menta dándole un nombre sobre­na­tu­ral, el ciu­da­dano se tran­qui­liza apar­tando Aus­ch­witz de su his­to­ria -una his­to­ria al fin y al cabo «racio­nal» en la que pre­va­lece la ten­den­cia a la «moder­ni­zación» que, aunque con algu­nos rodeos, nos ha con­du­cido a la demo­cra­cia de la que dis­fru­ta­mos actual­mente.

Desde hace una década, esa exten­dida forma de aprehen­der la his­to­ria reciente es defen­dida por his­to­ria­do­res cono­ci­dos, en otro con­texto, bajo la eti­queta de «fun­cio­na­lis­tas».1 Basándose en mul­ti­tud de mono­grafías sobre los diver­sos aspec­tos de la socie­dad ale­mana bajo el nacio­nal­so­cia­lismo, Martin Bros­zat,2 direc­tor del Ins­ti­tuto de His­to­ria Con­tem­poránea de Munich, pro­pone divi­dir la his­to­ria en dos: por una parte «lo horri­ble que acon­teció en la época nazi»,3 por otra los pro­ce­sos socia­les de larga duración que atra­vie­san esos doce años y per­mi­ten «his­to­riar­los». Como ejem­plo, Bros­zat cita el pro­yecto de un sis­tema de segu­ri­dad social, ela­bo­rado bajo la dirección de la DAF (Frente del Tra­bajo Alemán) en 1941-1942, que inspiró amplia­mente la Segu­ri­dad Social en la RFA.4 No todo, pues, era malo en el régimen en el que, al lado de lo «ver­gon­zoso», hay que reco­no­cer de todas formas la exis­ten­cia de «nume­ro­sas fuer­zas socia­les y económicas civi­li­za­do­ras». Cier­ta­mente es lamen­ta­ble que la «moder­ni­zación» recu­rriera a vías tan mortíferas en Ale­ma­nia, pero, después de tantos años, la «nor­ma­li­zación de nues­tra con­cien­cia histórica»5 exige que salgan de la sombra de Aus­ch­witz todos aque­llos aspec­tos buenos del nacio­nal­so­cia­lismo que pre­pa­ra­ron la edad de oro de la pos­gue­rra. En resu­men, es pre­ciso que el «balance catastrófico de la política ideológica (Wel­tans­chau­ungs­poli­tik) del régimen» no oscu­rezca, por «pro­yección retros­pec­tiva», la «función de dina­mi­zación social del nacio­nal­so­cia­lismo».6

En su res­puesta a Bros­zat, el his­to­ria­dor Saul Friedländer hizo notar que la intención de resi­tuar la época nacio­nal­so­cia­lista para ins­cri­birla en una «larga duración» con­duce a un cambio de pers­pec­tiva que lleva a tratar la época nacio­nal­so­cia­lista como cual­quier otra época histórica.7 Se difu­mi­naría el rasgo carac­terístico de esa época, el adve­ni­miento de las con­di­cio­nes políticas que permitían que el anti­se­mi­tismo y la higiene racial se hicie­ran rea­li­dad.

Tras este plan­tea­m­iento hubo un inter­cam­bio epis­to­lar entre ambos his­to­ria­do­res en cuyo curso Bros­zat afirma fran­ca­mente lo que su «ale­gato» todavía se había moles­tado en envol­ver en con­si­de­ra­cio­nes meto­dológicas, es decir, que de lo que se trata es de una «pers­pec­tiva ger­ma­nocéntrica» que res­ponde a las «nece­si­da­des» de las «nuevas gene­ra­cio­nes de ale­ma­nes».8 Si hemos de creer a Bros­zat, esos jóvenes exigen que la «apre­ciación y la con­dena mora­les de los crímenes y faltas de la época nazi... se resis­ten a la aprehensión racio­nal de ese pasado»,9 mien­tras que «muchos seres huma­nos y sobre todo seres huma­nos judíos (jüdische Mens­chen¡?) [...] insis­ten en una forma mítica de evo­cación».10 Quien no se pliega a la nueva his­to­rio­grafía nacio­nal ale­mana se ve pri­vado de cual­quier racio­na­li­dad y cali­fi­cado de espíritu mítico. La nación de los acto­res de Aus­ch­witz reclama el mono­po­lio de la inte­li­gen­cia de sus pro­pias fechorías y se jacta de ser sufi­cien­te­mente gene­rosa como para con­ce­der a los super­vi­vien­tes y a sus des­cen­dien­tes el dere­cho de curar sus heri­das.

Sería fas­ti­dioso des­cri­bir la forma en que Bros­zat, sor­pren­dido en fla­grante delito, intenta con un tono tan pronto indig­nado como agre­sivo salir por la tan­gente agra­vando más aún su caso. Lo que importa aquí es que ese tipo de racio­na­li­zación de la his­to­ria reciente se aco­moda per­fec­ta­mente con la apre­ciación oscu­ran­tista que envía Aus­ch­witz a la penum­bra de lo «irra­cio­nal» donde todos los gatos son pardos. Bros­zat admite con gusto que la aprehensión «científica» se verá siem­pre impo­tente para com­pren­der la des­trucción de los judíos de Europa.11 Asunto archi­vado, la vida continúa.

En la reflexión, la dife­ren­cia que opone Friedländer a Bros­zat no se refiere tanto a esa con­cep­tua­li­zación dua­lista como a la manera de arti­cu­larla o de desa­r­ti­cu­larla, cuestión que escapa a la inves­ti­gación histórica pro­pia­mente dicha y pro­voca la inter­vención de un juicio de valor que Friedländer cali­fica de sub­je­tivo. Poner el acento en la «larga duración» racio­nal para recons­truir la con­ti­nui­dad de la his­to­ria nacio­nal ale­mana con­duce natu­ral­mente a desus­tan­cia­li­zar la política de exter­mi­nio, a redu­cirla a un acci­dente del camino. Subra­yar, al con­tra­rio, la cen­tra­li­dad de Aus­ch­witz hace saltar por los aires la marcha habi­tual de la his­to­ria y per­mite en primer lugar plan­tear la única cuestión que por lo menos pre­serva el hori­zonte de una his­to­ria uni­ta­ria: cuál es la arti­cu­lación entre la con­ti­nui­dad racio­nal y el acon­te­ci­miento irra­cio­nal.

Sin embargo, es muy dudoso que un pen­sa­miento que acepta los con­cep­tos corrien­tes de «moder­ni­dad racio­nal» y de «Aus­ch­witz irra­cio­nal» pueda jamás llegar a esa cuestión. Una vez se ha par­tido la his­to­ria en dos y se han colo­cado sus dos partes bajo cate­gorías opues­tas, es difícil ver cómo la reflexión que Friedländer reclama podría desem­bo­car en un resul­tado con­clu­yente.12 El con­cepto de «religión política» que pro­pone para captar el nacio­nal­so­cia­lismo es una ver­da­dera cua­dra­tura del círculo en la que se con­si­dera que el lado «religión» designa lo irra­cio­nal y el lado «política» lo racio­nal. Se trata más bien de una astu­cia ter­mi­nológica que de una expli­cación. Después de todo, la «parálisis del his­to­ria­dor» sigue ahí. Ésta «pro­viene de la simul­ta­nei­dad y de la inte­racción de fenómenos com­ple­ta­mente hete­rogéneos: fantasía mesiánica y estruc­tu­ras burocráticas, impul­sos patológicos, deci­sio­nes admi­nis­tra­ti­vas, acti­tu­des arcai­cas y socie­dad indus­trial avan­zada. Sabe­mos en deta­lle lo que pasó, cono­ce­mos la secuen­cia de los acon­te­ci­mien­tos y su inte­racción pro­ba­ble, pero la dinámica pro­funda del fenómeno se nos escapa».13

Para salir del punto muerto es nece­sa­rio inte­rro­garse sobre el fun­da­mento con­cep­tual de esa visión dua­lista de la his­to­ria. Si Bros­zat y Friedländer se ponen de acuerdo en afir­mar que el anti­se­mi­tismo activo no corrompe en nada la pureza racio­nal de los pro­ce­sos lla­ma­dos de moder­ni­zación, es porque éstos se pro­du­je­ron igual­mente en otros países sin desem­bo­car en un Aus­ch­witz. Desde esta pers­pec­tiva, la his­to­ria se des­me­nuza en pequeñas his­to­rias nacio­na­les que después serán com­pa­ra­das para extraer final­mente de ellas el pobre con­cepto de «moder­ni­zación», el cual desig­naría lo que les es común. A con­ti­nuación este «factor», apre­cia­ble en todos los países occi­den­ta­les, se com­bi­nará con otros «fac­to­res» más específica­mente nacio­na­les y ya ten­dre­mos ins­ti­tuido ese com­bi­na­to­rio fac­to­rial que per­mite a los his­to­ria­do­res jugar hasta el día del juicio final sin ganar o perder nunca. Nece­sa­ria­mente se trata de un juego inter­mi­na­ble. La arti­cu­lación per­ti­nente de los fac­to­res es tan impo­si­ble de encon­trar como arbi­tra­ria la desa­r­ti­cu­lación analítica de la cosa que hay que expli­car; el método analítico se obs­ta­cu­liza a sí mismo. Puesto que la cosa en sí está ya siem­pre arti­cu­lada, los con­cep­tos fac­to­ria­les como la «moder­ni­zación, que ya no reve­lan ningún indi­cio de esa arti­cu­lación interna, ellos mismos están expues­tos a la crítica. Su inge­nui­dad aséptica pro­viene cla­ra­mente de una racio­na­li­zación cuyos defen­so­res se colo­can de buen grado del lado de los ven­ce­do­res de la his­to­ria, que tienen mucho interés en hacer olvi­dar el sufri­miento que sopor­ta­ron aque­llos a los que arrolló la vio­len­cia de la supuesta moder­ni­zación. En lugar de ilu­mi­nar con una nueva luz todas las masa­cres pre­ce­den­tes de la his­to­ria, Aus­ch­witz apa­rece, a través de esa pareja con­cep­tual, como el ámbito único de la vio­len­cia y se le asigna el papel de blan­quear la his­to­ria que cul­mina en él -trans­cendiéndola.

Aus­ch­witz es un salto cua­li­ta­tivo. Algu­nos mar­xis­tas eco­no­mi­cis­tas a parte, todos los análisis están de acuerdo en la evi­dente afun­cio­na­li­dad de la des­trucción de los judíos de Europa: Aus­ch­witz «no servía para nada». Hay aquí una con­tra­dicción, en la práctica, de la pri­mera ley del hombre capi­ta­lista, la ley de «con­ser­varse» (Rous­seau), que es el prin­ci­pio de la racio­na­li­dad ins­tru­men­tal. En este orden de cosas capi­ta­lista, sólo puede pasar por racio­nal lo que es útil. Si ése ha sido siem­pre un prin­ci­pio de racio­na­li­zación en la medida en que ha legi­ti­mado y legi­tima las masa­cres colo­nia­les, la guerra, etc., esas nobles acti­vi­da­des encuen­tran en él igual­mente su prin­ci­pio limi­ta­dor. El que mata a alguien porque tal cosa le es útil reco­noce al otro por lo mismo que le con­si­dera un obstáculo para sus fines. Le reco­noce como un medio de su acti­vi­dad, incluso cuando ese reco­no­ci­miento es com­ple­ta­mente nega­tivo. La fina­li­dad del ase­sino no es el ase­si­nato en sí mismo, sino lo que el ase­si­nado obs­ta­cu­liza: la colo­ni­zación de las Américas, la «paz social», etc.

Así, cuando nos pre­gun­ta­mos qué es lo que los judíos obs­ta­cu­li­zan a ojos del anti­se­mi­tismo, encon­tra­mos lo que se ha dado en llamar una «fantasía», una abs­tracción deli­rante, la pureza del Volk o de la nación. El anti­se­mi­tismo no se alza contra ese judío con­creto porque le con­si­dere como un con­trin­cante, por ejem­plo, en el mer­cado de tra­bajo. Ataca «al Judío», una abs­tracción que forma pareja con la abs­tracción völkish o nacio­nal. Des­prendiéndose de la rea­li­dad empírica, evo­lu­ciona en un mundo habi­tado por las fuer­zas de la luz nacio­nal y por los pode­res de las tinie­blas cos­mo­po­li­tas. Ani­qui­lar a los que per­so­ni­fi­can a sus ojos la abs­tracción maléfica se con­vierte para él en algo de pri­mera impor­tan­cia, de manera que pierde pro­gre­si­va­mente de vista sus inte­re­ses con­cre­tos e inme­dia­tos, hasta el punto de reser­var, para des­truir a los judíos, impor­tan­tes capa­ci­da­des ferro­via­rias tan indis­pen­sa­bles para la dirección de la guerra. En el orden de la razón ins­tru­men­tal, esa forma de actuar apa­rece como «irra­cio­nal» porque no se vis­lum­bra ningún obje­tivo tan­gi­ble dis­tinto de la des­trucción de los judíos. La relación entre medio y fin ha desa­pa­re­cido. Con­tra­ria­mente a los indios de América, por ejem­plo, los judíos no son per­ci­bi­dos como obstáculos a la colo­ni­zación de una «tierra virgen»; son ani­qui­la­dos como per­so­ni­fi­cación de una abs­tracción que «se inventa» el anti­se­mita.

Toda la cuestión con­siste enton­ces en saber de qué modo la visión anti­se­mita del mundo pudo nacer de un mundo que se enor­gu­llecía de obe­de­cer a la racio­na­li­dad ins­tru­men­tal. Tal análisis no puede fun­da­men­tarse en la razón ins­tru­men­tal. No sólo porque es el resul­tado de una racio­na­li­zación y por lo tanto muy incierto, sino también porque es cons­ti­tu­cio­nal­mente ciego a la fina­li­dad de una acción. Puesto que se limita a cal­cu­lar la racio­na­li­dad de los medios emplea­dos para alcan­zar un obje­tivo dado, no tiene por dónde aga­rrarse. Cual­quier fina­li­dad le apa­rece como el resul­tado de una decisión «irra­cio­nal».

A este res­pecto, el razo­na­miento de Ray­mond Aron es típico. Haciendo suya la razón ins­tru­men­tal, Aron divide la cuestión en dos. En el orden de los medios, afirma, «la orga­ni­zación indus­trial de la muerte se con­vierte en racio­nal en tanto que medio de un fin, el geno­ci­dio». En el orden de las fina­li­da­des, «un tal obje­tivo excluye la razón» en la medida en que «ésta se opone a las pasio­nes», ya que «sólo una pasión desen­fre­nada o una angus­tia incons­ciente dictan tal decisión».14 Se trata de dos tau­to­logías15 de nulo valor expli­ca­tivo. Del mismo modo que la racio­na­li­dad de los medios indus­tria­les viene dada por la acep­tación de la razón ins­tru­men­tal, el carácter pasio­nal del fin resulta de una simple defi­nición. La razón ins­tru­men­tal es tan lumi­nosa que des­lum­bra: a la trans­pa­ren­cia divina de los medios le corres­ponde la oscu­ri­dad per­fecta del fin. Mediante la pro­yección de la pareja medio-fin sobre la pareja razón-pasión, el pro­blema se resuelve antes incluso de plan­te­arse.

Puesto que tanto la racio­na­li­dad ins­tru­men­tal como la ideo­logía anti­se­mita nacen del mismo mundo capi­ta­lista y que la pri­mera no es capaz de expli­car la segunda -aquí es donde se encuen­tra la razón meto­dológica del fra­caso cons­ta­tado por Friedländer-, lo impor­tante es expo­ner el enca­de­na­miento con­cep­tual que desde cate­gorías fun­da­men­ta­les de la socie­dad capi­ta­lista asciende hasta la anti­rra­cio­na­li­dad16 anti­se­mita. Ésa es la tarea a la que se aplica el estu­dio de Moishe Pos­tone en La lógica del anti­se­mi­tismo, basado en la Crítica de la economía política de Marx. Ampliando la teoría crítica de la socie­dad ligada a nom­bres como Sohn-Rethel, Adorno, Horkhei­mer y otros, Pos­tone insiste en el hecho de que El Capi­tal no es un manual de economía -como han que­rido creer los mar­xis­tas desde Kautsky-, sino la crítica de una cierta forma social de la acti­vi­dad humana, de la riqueza tanto como del pen­sa­miento, es decir, de la mate­ria­li­dad y de la idea­li­dad socia­les, de la economía y de la ideo­logía, de la falsa socie­dad y del pen­sa­miento feti­chista que ésta engen­dra.

Desde el prin­ci­pio El Capi­tal evi­den­cia que la «moder­ni­dad» no es tan racio­nal como pre­tende. La mer­cancía, que parece ser algo muy pro­saico, se revela como «algo extre­ma­mente com­pli­cado, lleno de suti­le­zas metafísicas y de rare­zas teológicas», algo «sen­si­ble supra­sen­si­ble», de «carácter místico»,17 un «jeroglífico social»,18 una «forma deli­rante».19 No es sólo esa cosa con­creta que posee cierto valor de uso, sino que com­porta igual­mente una dimensión abs­tracta, el «valor», que no apa­rece nunca como tal sino de un modo que da vértigo.

Moishe Pos­tone demues­tra que el anti­se­mi­tismo nace del modo en que se mani­fies­tan esos dos aspec­tos de la mer­cancía –y del capi­tal– y puede enten­derse como una revuelta –cier­ta­mente no contra la «moder­ni­dad» sino contra la abs­tracción feno­me­nológica–, como una revuelta «anti­ca­pi­ta­lista» que afirma el mismo orden contra el que se levanta; una revuelta que, en lugar de acabar con la socie­dad capi­ta­lista, desem­boca en la fría des­trucción de los judíos.

 


Notas

1 - Para una pre­sen­tación de dicha escuela véase Saul Friedländer y su epílogo al libro de Gerald Fle­ming, Hitler et la solu­tion finale, París, Julliard, 1998: «Les interprétations du système nazi et la solu­tion finale», p. 282.

2 - Puede encon­trarse una pre­sen­tación con­des­cen­diente de esa mani­pu­lación en Heinz-Gerh­ard Haupt, «En RFA: le natio­nal-socia­lisme en ques­tion», en Yannis Tha­nas­se­kos y Heinz Wis­mann (dir.), Révisions de l'His­to­ire. Tota­li­ta­risme, crimes et génoci­des nazis, París, Cerf, 1990, p. 261-267.

3 - Martin Bros­zat, «Gren­zen der Wert­neu­tra­lität in der Zeit­ges­chi­chts­fors­chung: Der His­to­ri­ker und der Natio­nal-sozia­lis­mus» (1981), en Nach Hitler. Der sch­wie­rige Umgang mit unse­rer Ges­chi­chte, Munich, dtv verlag, 1988, p. 181.

4 - Véase íd., «Plädoyer für eine His­to­ri­sie­rung des Natio­nal-sozia­lis­mus» (1985), en Ibíd., p. 279.

5 - Véase íd., «Plädoyer...», Ibíd., p. 281.

6 - Íd., Ibíd., p. 277.

7 - Véase Saul Friedländer, «Some Reflec­tions on the His­to­ri­sa­tion of Natio­nal Socia­lism», Tel Avi­vier Jahr­buch für Deuts­che Ges­chi­chte, t. 16 (1987), Ger­lin­gen, ed. Blei­cher, p. 310-324.

8 - Martin Bros­zat y Saul Friedländer, «Um die “His­to­ri­sie­rung des Natio­nal­so­zia­lis­mus”. Ein Brief­we­ch­sel», Vier­tel­jah­resh­efte für Zeit­ges­chi­chte, 36/2 (abril 1988), p. 342.

9 - Íd., Ibíd.

10 - Íd., Ibíd., p. 343.

11 - Íd., Ibíd., p. 352.

12 - Hay quien incluso se alegra y eleva la «dis­cusión» sin fin a la cate­goría de prin­ci­pio fun­da­cio­nal: «En cambio, el debate sobre las causas del horror es ina­go­ta­ble» (pre­fa­cio de Alfred Gros­ser a Gerald Fle­ming, ibíd., p. 9).

13 - Saul Friedländer, «Les interprétations du système nazi et la solu­tion finale», ibíd., p. 282. En defi­ni­tiva, Friedländer cree, sin embargo, que «armo­nio­sa­mente o no, la huma­ni­dad pro­gresa bajo el signo de la evo­lución y de la racio­na­li­dad» (véase íd., Reflets du nazisme, París, Le Seuil, 1982, p. 36). Deci­di­da­mente, la con­fianza del ciu­da­dano en su mundo parece inque­bran­ta­ble.

14 - Ray­mond Aron, «Existe-t-il un mystère nazi?», Com­men­taire, no 7 (1979), p. 349.

15 - Véase Jac­ques Guigou, Les Nou­veaux Tau­to­lo­gues, Gre­no­ble, L'Impliqué, 1990.

16 - Este con­cepto es una pro­puesta de Dan Diner, «Zwis­chen Aporie und Apo­lo­gie. Über Gren­zen der His­to­ri­sier­bar­keit des Natio­nal-sozia­lis­mus», en íd. (dir), Ist Natio­nal­sozia­lis­mus Ges­chi­chte? Zu His­to­ri­sie­rung und His­to­ri­ker­streit, Frank­furt/M, Fis­cher, 1987, p. 72. El con­cepto de anti­rra­cio­na­li­dad tiene en cuenta que el anti­se­mi­tismo se opone radi­cal­mente a la racio­na­li­dad ins­tru­men­tal al mismo tiempo que com­porta cierta lógica interna que el término irra­cio­na­li­dad tiende a oscu­re­cer.

17 - Karl Marx, Le Capi­tal, t. 1, París, Mes­si­dor-Edi­tions socia­les, 1983, p. 81.

18 - Íd., ibíd., p. 85.

19 - Íd., ibíd., p. 87.