La nueva ciudadanía: Reflexiones intempestivas

octubre de 1996, Jacques Wajnsztejn

Publicado en : M. Postone, J. Wajnsztejn, B. Schulze, La crisis del Estado-Nación. Antisemitismo-Racismo-Xenofobia, Barcelona, Alikornio ediciones, 2001. ISBN: 84-931625-5-8



La favorable acogida reservada a la campaña para una «nueva ciudadanía» por parte del movimiento que se ha creado dentro de la euforia de la Primera Marcha parece indicar que nos hallamos ante un proyecto capaz de superar las contradicciones entre un antirracismo universalista pero impotente, tipo SOS-Racime o France Plus, y la cerrazón comunitaria defendida por ciertas asociaciones árabes. Hábil síntesis de estas dos tendencias, la «nueva ciudadanía» recoge del antirracismo su universalismo convertido en ciudadanía asumiendo las preocupaciones comunitarias rebautizadas «identidad cultural», identidad que impediría la adhesión de los «ciudadanos árabes de Francia» a la nacionalidad francesa.

La reivindicación de la ciudadanía francesa pasa de esta manera por su rotura con la nacionalidad francesa: razonablemente sutil pero un poco enigmático. En la teoría es posible distinguir entre nacionalidad y ciudadanía, pero ¿y en la práctica? Si se puede discurrir sobre la ciudadanía y el Estado, en general, haciendo abstracción de cualquier Estado concreto, en la práctica siempre nos encontramos con un Estado concreto. Lo que distingue a Francia como Estado real del Estado en general, es justamente la nacionalidad. Esta es la que crea la diferencia específica entre los Estados. Querer realizar la ciudadanía como tal sin que posea un carácter nacional significa reivindicar un Estado único, un Estado mundial, que sí aboliría todas las nacionalidades: más allá de cualquier especulación universitaria sobre la relación Estado-Nación, esta definición de la ciudadanía y de la nacionalidad proviene de la misma realidad y no se hace sino cambiar las palabras inventando de manera arbitraria una definición que imagine la posible escisión entre nacionalidad y ciudadanía en el interior de un Estado como Francia. Mientras exista Francia, la ciudadanía implicará la nacionalidad francesa. El mismo término de «nacionalidad francesa» indica de entrada que no se reivindica una ciudadanía simplemente, que si no existe un estado es una quimera, sino más bien la ciudadanía del estado francés, o sea de un Estado-Nación. Será el Estado francés el que emitirá el Carnet de Ciudadano y al mismo tiempo este carnet será el de un ciudadano francés. ¿Qué diferencia hay entre esto y el carnet de identidad nacional? Pero me diréis, no queremos reconocer la nacionalidad francesa. ¿Queréis acaso que se os engañe? ¿Os bastará cambiando la terminología del carnet de identidad rebautizándolo carnet de ciudadano para que estéis contentos? Peor es que, me contestareis, no podemos admitir la nacionalidad francesa porque no queremos renegar de nuestro pasado cultural. ¿Pero acaso el Estado francés os pide que renunciéis al pasado? Y si lo pide, ¿no lo hace sino para calmar las pasiones chovinistas o para redoblar las medidas represivas, palabrería ideológica necesaria para hacer que cuelen las nuevas leyes como cuelan los carnets en el buzón? No vivimos en Suiza, donde los esbirros del Estado inspeccionan vuestros apartamentos para verificar si lo tenéis amueblado como el suizo medio. Nada de esto sucede en Francia. Y sin embargo, oyendo a Texture polemizar contra la «integración-asimilación» con SOS o France Plus, se tiene la impresión de que el árabe asimilado no tenga ya derecho a comer su cus-cus o de escuchar la música de su país o del país de sus padres. Mientras SOS contabiliza las diferencias culturales de los árabes como aportaciones a la riqueza de la Gran Nación, Texture preconiza que la autonomía cultural en la vida privada no sería un impedimento para acceder a la ciudadanía. Según sus militantes, es «la cultura» la que hace funcionar la sociedad.

Basta con abrir los ojos y observar la publicidad, esta cultura contemporánea por excelencia, para darse cuenta de que en cultura todo está permitido mientras se respeten las formas (jurídicas). El debate sobre la cultura, a la manera francesa, el debate sobre la vida cotidiana, es un falso debate y esconde otro. De hecho, ¿cómo explicar que se desbordan las pasiones cuando se aborda este tema? ¿Cómo explicarse que se calienten los espíritus por nimiedades como gustos musicales o culinarios? Sobre gustos y colores no hay que discutir. ¿Cómo explicarse que estas preferencias personales hayan llegado a atribuirse un estatuto político? Es que la música árabe que «remueve las tripas» a los partidarios de la «nueva ciudadanía» no sólo los hace bailar. El placer que se experimenta al escuchar su música preferida no encaja muy bien con la actitud a la defensiva que muestran los culturalistas desde el momento en que se cuestiona la oportunidad de su argumentación músico-política. Sacar a relucir los gustos musicales u otros para justificar el rechazo de la nacionalidad francesa es una locura. Y en política, la locura se llama «identidad cultural»; un concepto elaborado por los filósofos de la Restauración para luchar contra los valores universalistas de la Gran Revolución. Peligrosa vecindad. Nunca se insistirá lo suficiente en el hecho que los gustos musicales sólo son gustos musicales: un abismo metafísico les separa de lo que gusta llamar «identidad cultural». Cualquiera estará de acuerdo en que quien vea una identidad cultural en la preferencia de un pan de cebada a una baguette tricolor sufre un cierto desarreglo mental. Pero lo que va bien a uno no le conviene obligatoriamente a otro. De la manera más natural se pasa de los gustos personales a esta sustancia supra-individual, metafísica, que es la identidad cultural. Y si se te ocurre pedir más explicaciones sobre esta locura colectiva, la respuesta no es otra que este zafarrancho que agita las tripas de los militantes. Nos hallamos ante un formidable círculo vicioso que nos lleva a reflexionar y a concluir que estos tormentos intestinales tienen su origen no en las melodías rítmicas de la música árabe sino más bien en un nacionalismo que se tiene vergüenza en confesar y que, por consiguiente, se intenta disimular detrás de algo tan anodino como la música. Pero si lo echamos por la puerta, el nacionalismo entra por la ventana. Si fundamentamos el rechazo de la nacionalidad francesa en la identidad cultural árabe, los «ciudadanos árabes de Francia» reconocerán por su cuenta y sin que ellos tengan nada que ver con ello, que su identidad es un hijo bastardo del nacionalismo árabe de sus padres. ¿Cómo podemos explicar entonces, si no es por la existencia de las pasiones nacionalistas, que una simple firma que confiere la nacionalidad y la ciudadanía francesas pero no compromete a nada, haga correr tanta tinta y movilice tantas energías derrochadas en vano? ¿No se nos imponen a diario cosas peores? ¿Qué es este simple trazo de una pluma comparado con la máscara cotidiana que se nos impone? No es nada si no damos a este simple acto un significado metafísico, un significado que se sitúa más allá del simple acto físico que representa esta firma. En política, la metafísica se llama Nación, nacionalidad u otra identidad cultural. Tomemos la palabra pueblo, por ejemplo. Pueblo kanak o pueblo palestino. Como si un futuro estado palestino o kanak tuviera que ser el paraíso en la tierra y no más bien lo que es la esencia de cualquier estado: un aparato de dominación con justicia, policía, ejército, etc.

Si la riqueza de las naciones es la causa de la pobreza de la gente, la libertad de los pueblos refleja el servilismo de los individuos, su disolución dentro de una unión metafísica, ya sea ésta el pueblo, la Nación o la identidad cultural. No se sale de la lógica nacionalista combatiendo un nacionalismo con otro. Nacionalismo «light», es sobre todo esta identidad cultural, pero principalmente nacionalismo apolítico. Nacionalismo que no combate ya al universalismo de la Revolución francesa que, dotado de un cierto espíritu misionero legitimaba la colonización, sino nacionalismo que se sitúa en el ámbito cultural, en la esfera privada y que encaja perfectamente en la ciudadanía occidental. La identidad cultural es la mala conciencia del nacionalismo, y lo es de dos maneras. Mala conciencia, primero, frente al nacionalismo de los padres del que se oculta su dimensión política y al que se reduce fundamentalmente a un conjunto de valores culturales y hábitos de la vida cotidiana. Mala conciencia, también, hacia la sociedad francesa de la que se rechaza la cultura sólo para suscribir plenamente los principios constitucionales de antes. En este sentido, la distinción fantasmagórica entre ciudadanía y nacionalidad francesa no proviene de un proyecto de sociedad, sino de la conciencia rota de los «ciudadanos árabes de Francia», término que de por sí resume perfectamente esta conciencia híbrida. Aunque este estado de cosas sea comprensible, no sería sin embargo excusa para legitimar la propagación de ilusiones ciudadanas. En lugar de asumir la suerte que la Francia colonizadora y descolonizadora os ha reservado, en lugar de identificaros con el agresor, ¿no sería más racional rechazar una sociedad que, después de haber desmenuzado vuestra conciencia, se dispone ahora a echaros del país? ¿Si esta sociedad os rechaza, por qué no la rechazáis también vosotros? ¿Por qué invocar los principios constitucionales de antes contra la mala realidad actual que los niega? Para Texture la Constitución de 1793 sería el verdadero precursor de la «nueva ciudadanía». En una octavilla que invitaba a una discusión con un representante de Texture repartida por la región parisina podía leerse: «En 1793 y durante la Comuna de París eran franceses todos los que vivían en Francia». En la parte inferior de la página, los organizadores del debate habían reproducido el famoso artículo 4 de la Constitución de 1793. Allí el criterio no es la simple residencia en lo que se conviene llamar Francia, sino más bien de todo un conjunto de condiciones que un clandestino amenazado de expulsión tendría problemas para satisfacer. Para Texture sólo hay un criterio: la residencia. Pero en la Constitución de 1793 no se trata de eso. Se habla, por el contrario, de trabajo, de propiedad, de matrimonio, de adopción, de asistencia social, de mérito. ¿Debemos concluir por ello que, para Texture residir en algún lugar es lo mismo que cargar con alguna de estas funciones sociales propias de la sociedad capitalista? ¿Acaso el civismo se ha convertido en una «segunda naturaleza»? (SOS Racismo), cuando los que luchan contra las monstruosidades de esta sociedad se adhieren plenamente a los principios que los engendran? ¿Y el clandestino, y los ociosos?

¿Acaso Texture es partidaria del principio estalinista-cristiano de «quien no trabaja no come»? ¿Está de acuerdo con la «lógica elemental y republicana» de SOS, según la cual, a cada derecho le corresponde un deber, la igualdad tiene como contrapartida la integración en el circuito capitalista, y el ser humano -masculino o femenino- es un ser esquizofrénico confeccionado con el molde terrorista de la educación republicana, a partir de derechos y de deberes: no es en absoluto el dueño de su vida, sino más bien la marioneta de algunas nociones constitucionales? ¿O queréis basaros sólo en el único criterio de la residencia? Pues entonces, adiós a la Constitución de 1793. Habrá que saber a qué atenerse. Y además, ¿qué significa residencia? ¿Qué define esta residencia? ¿Es un término jurídico o de hecho? En el primer caso, ¿qué criterio impera para la concesión del estatuto de residente sino un criterio jurídico planteado por el Estado, el soberano efectivo del derecho? Pero se me argumentará, el derecho es una relación de fuerza, habrá que luchar para cambiarlo. Mientras, cualquiera que sea el resultado de estas tensiones, siempre existirá un criterio que definirá si una persona es o no residente. Al mismo tiempo la residencia se verá despojada de su estatuto de criterio absoluto y relegada al rango de estatuto jurídico. Es evidente que cualquier cosa que se haga dentro de esta óptica, siempre habrá personas excluidas del estatuto de residente, aunque actualmente vivan en Francia. ¿Así, pues, deberán existir siempre perros, como piensa el ciudadano modelo de la Francia Revolucionaria, Jacques el Fatalista? ¿Pero por qué actuar para los perros actuales, para quienes están amenazados de expulsión? ¿Es una obra de caridad, ciertamente algo más radical que la presencia en el «Life Aid Concert» para Etiopía, pero en cualquier caso una actividad hipócrita destinada a calmar la mala conciencia que os obsesiona? ¿O bien es la expresión de una solidaridad humana universal llevada por el deseo de acabar con las condiciones sociales que hacen del hombre un ser humillado, vejado, abandonado, un ser despreciable? En este caso deberíamos ir hasta el final del camino: la existencia de un solo excluido llenaría de vergüenza este principio de igualdad para todos. Sed honestos. Si la máxima de vuestra acción os importa, no podéis apuntaros a una lógica que produce excluidos. Si no vuestro discurso no tendrá más significado que el de las palabras vacías del Carnet de la Igualdad de los impostores de SOS-Racismo.

Dentro de la perspectiva de una igualdad universal, el estatuto de residente no puede reducirse a un estatuto jurídico, que es una regla de exclusión por definición, sino que debe ser un estado de hecho. Lo que quiere decir: «Toda persona, en tanto que miembro de la especie humana, que tiene los pies en este trozo de tierra que se llama Francia, disfruta por este simple hecho de la ciudadanía francesa». Y entonces, por la misma razón, el Estado francés sería, de hecho, lo que nuestros profesores nos dicen del Estado actual: todos nosotros seríamos el Estado, sería la suma de los individuos; lo que quiere decir que dejaría estúpidamente de existir. Pues el Estado, por ser lo que es, debe distinguirse de los individuos, debe tener una existencia al lado de los individuos. El Estado no es todos nosotros. No se es francés o chino de la misma manera que se es coleccionista de sellos. No son los individuos los que eligen «su» Estado, sino que es el estado quien elige los ciudadanos y dispone de ellos según su voluntad. Cada guerra es un ejemplo doloroso de lo dicho. Cada uno tenemos experiencia de ello en nuestra vida cotidiana. Un simple control de identidad desvela que el policía no es un simple hombre como tú o como yo, sino más bien el brazo armado del Estado, de algo inmaterial, pero que existe. Este algo a la vez quimérico y, sin embargo tan real, desaparecería si la máxima que he presentado se realizara. Si desaparece el Estado, ¿cómo se podrá continuar hablando de ciudadanía, ya que ella designa una cierta relación entre el Estado y el individuo? La misma reivindicación de derechos carecería de sentido porque no existiría la instancia de apelación. Los hombres sólo tendrían que entenderse entre ellos y organizar su vida como mejor les fuera sin que un Estado, este dios real, se mezclara en sus asuntos.

¿A esto lo llamáis utopía? Sí, utopía en el sentido de que esto no existe (todavía). Pero, entonces hay que aclararse. O bien os atenéis a la máxima universalista de la igualdad de derechos para todos, con lo cual se abandona el discurso de la ciudadanía y de los derechos, no para «reivindicar» nada, sino simplemente para que desaparezca esta calamidad. Ya que el derecho es intrínsecamente una regla de exclusión, la reivindicación de un derecho para todos hace reventar el propio derecho. Esta es la lógica paradójica del derecho. Pero una paradoja no es forzosamente una mentira. Si la verdad es paradójica no lo es por culpa de la verdad sino del derecho. O bien estáis tan satisfechos de vuestra cantinela, la ciudadanía, que preferéis tener un discurso como el de SOS o el del PS. Consigna: «No hay que tomarlo todo al pie de la letra». Guiño y sonrisa cínica. Habrá que decidirse y rápidamente. Temo que no estéis excesivamente comprometidos en la falsa dirección. Al veros soñar con un Carnet de Ciudadano, de un policía-ángel, me pregunto por qué os atormenta tanto el paternalismo de SOS. ¿Es que vuestros sueños no van más allá de ver en la sonrisa de un policía el colmo de la felicidad? ¿Estáis de acuerdo con SOS en la necesidad de una «policía eficaz y democrática»? ¿Vuestra imaginación no va más allá de las imágenes que nos da una película como «Les Keufs»? Parece ser, según un portavoz vuestro, que en Lille, los comerciantes aceptan el Carnet de Ciudadano cuando se paga con cheque porque vuestro fichero suministra toda la información que se precisa para poderos denunciar. ¿Acaso estáis montando un sistema judicial autogestionado, según la consigna: sé tú mismo tu propio policía? Si este es vuestro objetivo, mantendréis con toda razón las ilusiones sobre la ciudadanía, la nueva y la vieja. Pero si odiáis esta sociedad que expulsa a vuestros compañeros y destroza vuestras familias no sé como deciros por qué continuáis uniendo vuestros esfuerzos a los de los ideólogos profesionales que quieren hacernos creer que la universalización de los derechos provocará la felicidad de todos, sabiendo que esta universalización es una contradicción en sí misma- a no ser que se la lleve hasta el extremo, de tal manera que haga saltar el marco del derecho y de la misma ciudadanía.